viernes, 30 de octubre de 2020

Hai-kus, José Juan Tablada





El saúz

Tierno saúz
casi oro, casi ámbar,
casi luz…


Mariposa nocturna

Disuelve a la desnuda rama,

nocturna mariposa,
las hojas secas de tus alas.


 
Un mono

El pequeño mono me mira…
¡Quisiera decirme
algo que se le olvida!


La luna

Es mar la noche negra;

la nube es una concha;
la luna es una perla...


Amor

Oh trágica batalla
del espíritu que nos une
y la carne que nos separa.

 
La carta


Busco en vano en la carta

de adiós irremediable,
la huella de una lágrima.


 

Kindergarten

Desde su jaula un pájaro cantó:¿por qué los niños están libresy nosotros no?...

 Las nubes

De los Andes van veloces,de montaña en montaña,en alas de los cóndores.

 
Hojas secas

El jardín está lleno de hojas secas;  Nunca vi tantas hojas en sus árboles  Verdes, en primavera.

 



Hotel

Otoño en el hotel de primavera
en el patio de "tennis"
hay musgo y hojas secas.

Coyoacán

Coyoacán, al pasado muerto

el coyote de tu jeroglífico
lanza implacable lamento...
 
Utas japonesas

Si es vano anhelar la estrella;
asir la luz que destella
y en el lago ardiendo está…
¡Más es soñar en aquella
Que en ti nunca soñará!


Peces voladores

Al golpe del oro solar
estalla en astillas el vidrio del mar.


Sandía

¡Del verano, roja y fría
carcajada,
rebanada
de sandía!

Caligramas, José Juan Tablada







martes, 27 de octubre de 2020

"Misa negra" de José Juan Tablada

¡Emen Hetan!                
(Cri des stryges au sabbat)   
¡Noche de sábado! Callada
está la tierra y negro el cielo,
palpita en mi alma una balada
de doloroso ritornelo.

El corazón desangra herido
por el cilicio de las penas
y corre el plomo derretido
de la neurosis en mis venas.

¡Amada, ven! Dale a mi frente
el edredón de tu regazo,
y a mi locura, dulcemente,
lleva a la cárcel de tu abrazo.

¡Noche de sábado! En tu alcoba
flota un perfume de incensario,
el oro brilla y la caoba
tiene penumbras de santuario.

Y allá en el lecho do reposa
tu cuerpo blanco, reverbera
como custodia esplendorosa
tu desatada cabellera.

Toma el aspecto triste y frío
de la enlutada religiosa
y con el traje más sombrío
viste tu carne voluptuosa.

Con el murmullo de los rezos
quiero la voz de tu ternura,
y con el óleo de mis besos
ungir de Diosa tu hermosura.

Quiero cambiar el beso ardiente
de mis estrofas de otros días
por el incienso reverente
de las sonoras letanías.

Quiero en las gradas de tu lecho
doblar temblando la rodilla...
Y hacer el ara de tu pecho
y de tu alcoba la capilla.

Y celebrar ferviente y mudo,
sobre tu cuerpo seductor
¡lleno de esencias y desnudo,
la Misa Negra de mi amor!
 

martes, 6 de octubre de 2020

Victoriano Salado Álvarez, "Las cartas de la locura"

Las cartas de la locura[1]

En el año 1912 me hallaba en Bruselas y obtuve de la bondad de Fernanda Núñez-Ortega una carta para el encargado del castillo de Bouchout, donde se halla recluida la Emperatriz.[2] Fernanda es (me figuro que habrá sobrevivido a la gran guerra) lo único que queda de la familia del insigne diplomático mexicano don Ángel Núñez Ortega, ministro que fue en varias cortes durante el Imperio y que murió ejerciendo el cargo ante los reyes de Bélgica.[3]
Por su madre, una baronesa austriaca, la señorita Núñez-Ortega tenía entrada en la corte de Bélgica, pues había crecido en unión del rey Alberto y de su hermano el difunto príncipe heredero.[4] Una hermana de la señorita Fernanda, Luisa de nombre a lo que recuerdo, murió de una caída de caballo al lado de los príncipes en una caza de la zorra.
Provisto de la carta de presentación para el barón de Goffinet,[5] jefe de la casa de la Emperatriz, llegué al castillo; pero tuve la mala suerte de no ver al barón, quien según mi amigo Valle-Arizpe es una persona tan simpática como graciosa.[6] Tiene en la corte categoría de enviado extraordinario y ministro plenipotenciario y parece lleva a todos los actos oficiales el collar de la orden mexicana de Guadalupe, cosa que llama mucho la atención de los que asisten a las fiestas de corte, que se maravillan de que los diplomáticos nuestros no porten esa insignia.[7] Por lo cual hay que explicar detenidamente que los mexicanos hicimos fusilar a un tío del rey y enloquecer a su tía carnal.
Al bajar del carruaje en Bouchout pude ver, mientras hablaba con los conserjes galoneados, a una anciana que descendía de los escalones de un palacio llevada por dos damas de la servidumbre. El aspecto de la infeliz era de una extrema vejez; tenía suelto el cabello blanco como algodón, estaba encorvadita, vestía bata de color gris y daba muestras de un inmenso agotamiento. Algo habló con las acompañantes, y subió a un coche con caballos que la llevó por un bosque que se abría rodeando toda la mansión. Fue lo que vi, y creo no habría visto más aun habiendo llevado recomendación del propio rey, pues no se permite a nadie acercarse a la infeliz ni menos hablarle.
Nervo me refería que en una vez consiguió una familia mexicana hacerle llegar un dulce de esta tierra, y que por las personas de quien procedía y por su notoria inocuidad, se le dio a la Emperatriz; pero al probarlo quedó perpleja y dio luego una gran voz gritando: “Max, Max, Max”. Y quedó traspuesta por largo espacio viniéndole luego una tremenda crisis nerviosa que le duró varias semanas.[8] El dulce era cajeta de Celaya, las donantes las riquísimas señoritas Bringas, que hace muchos años residen en Europa, y la causa de aquel violento espasmo que Maximiliano tomaba cajeta en todas las comidas y también entre horas.[9]
Pero Carlota no ha estado siempre en esta situación. Después de la llegada del cadáver de Maximiliano a Europa escribió a madame de Hulst esta carta conmovedora y perfectamente lúcida:[10]

Laeken, 28 de enero de 1868.

Mi buena y querida condesa:
Mucho ha aliviado mi profundo dolor su lenguaje lleno de cariño maternal. Como dice usted, sólo Dios puede consolar pérdidas como las que destrozan en un día la dicha de toda una vida.
Ruéguele usted por mí, ruegue por él que durante diez años hizo mi felicidad y ruegue para que yo cumpla su santa voluntad.
Cuando evoco la noche anterior a mi matrimonio que pasé en compañía de usted, qué lejos estaba de prever que habrían de ser tan cortos esos goces, que se había de romper tan pronto esa unión. Dios sabe lo que hace. Seguramente que le pareció que mi bien amado Emperador merecía ya la eternidad, y que no ha querido hacerle aguardar la recompensa. Verdaderamente, era difícil ver fin más cristiano que el suyo; de tal manera, que si fuera permitida la comparación, diría que se asemejaba al sacrificio del Calvario. Si así trataron los hombres al hijo de Dios, ¿por qué admirarse de que no hayan perdonado al de los reyes, cuyo único crimen consistió en hacer el bien y consagrarse a la salvación de los demás?
Ruegue siempre por mí, querida condesa, y créame, como lo he sido siempre, su amiga afectísima.
                                                                                              Carlota

         Otra carta escribió a la misma condesa el 17 de agosto, y el 2 de noviembre le dirigió ésta, que revela el dominio absoluto sobre sus facultades:

Laeken, 2 de noviembre.
           
Mi buena Condesa:
Con placer y gratitud recibí su amable carta. Sólo me duele el darme cuenta de la situación en la que la ha dejado la prolongada enfermedad del Conde. Como lo dice usted, no puede haber ya aniversarios felices para mí, exceptuándose tal vez  el que me envió dos años ha aquel a quien había consagrado mi vida. Ahora en mi soledad vivo sin plan, leo mucho, bordo, escribo y me paseo en el parque. María [la reina María Enriqueta, esposa de Leopoldo II][11] ha puesto a mi lado a dos damas muy distinguidas, madame Moreau, hija del general Frison, y mademoiselle de Bassompierre, que asegura desciende del famoso mariscal.[12] Mi sobrino [el heredero del trono de Bélgica][13] se encuentra casi en el mismo estado. Me he permitido augurar que se curará completamente y espero no engañarme. Los padres se encuentran muy preocupados. Sus hijas están en buena salud y cabalmente la mayor me entregó su carta. Desde que estoy aquí ha crecido notablemente.
La reina mandó arreglarme para el estío un precioso salón de gusto perfecto, y su buena voluntad me conmovió en extremo. Habito los cuartos que fueron de Leopoldo [el rey] y de Felipe [el conde de Flandes][14] y como en el que era billar de monsieur  de Briey.
Probablemente los reyes pasarán también el invierno en Laeken y no en Bruselas. Felipe y su esposa han estado en Tervuaren, en donde han vuelto a su hotel en la corte.
Adiós, querida Condesa. Solicita usted mis oraciones;  los papeles se truecan ahora y yo soy quien se encomienda a las de usted con ardor filial.
Créame su afectísima,
                                                                                              Carlota

         Pero a poco reaparecieron los síntomas graves de locura y la última carta bien hilada que escribió la Emperatriz es la de 24 de marzo de 1869.

Querida Condesa:
Hoy aniversario de mi venerable abuela y del nacimiento de mi querido Felipe, me enteré del golpe tremendo que ha caído sobre usted. Crea que tomo parte muy viva en su desgracia.
Espero que San José, patrón de la buena muerte,[15] al cual está consagrado especialmente este mes, habrá acompañado al Cielo esa alma cristiana. Pido a Dios que le mande a usted todos sus consuelos.
Con usted se halla mi corazón;  rece por mí y créame su afectísima,
                                                                                              Carlota

Después, la desgracia ha caído en la noche sin fronteras de la locura y del terror. Dios le dé un próximo fin y una bienaventuranza eterna.[16]



(SALADO Álvarez, Victoriano, "Las cartas de la locura", 
Narrativa breve, edición crítico-hermenéutica, México,  
UNAM / IIFL / Universidad de Guadalajara / Colegio de Jalisco, 
2012, pp.421-426).





[1] Se conocen dos versiones: Victoriano Salado Álvarez, “Las cartas de la locura”, en lpsa, año xiii, núm. 42 (27 de marzo de 1925), p. 3 (texto fechado en México el 16 de marzo de 1925); V. Salado Álvarez, mismo título, manuscrito en avsa, caja 47, fólder 48. // En su artículo “La locura de la emperatriz” (Excélsior, 10 de marzo de 1925, p. 5, firmado por Palombaro), Salado destaca la reciente publicación en Paris de una colección de cartas de Carlota, parte de las muchas que posee la condesa Reinach Foussemagne, de donde extrajo las cartas que aparecen traducidas en este relato (cf. Comtesse H. de Reinach Foussemagne, charlotte de belgique, paris, 1925, pp. 363-367, 371-372).
[2] El castillo de Bouchot, en Bélgica, es parte de la historia de México y de la literatura mexicana en la medida en que allí se recluyó la enloquecida Carlota después de su desesperada salida de México y de la infructuosa visita al Papa en el Vaticano para suplicar ayuda al Segundo Imperio mexicano, que se desmoronaba. En los Episodios nacionales mexicanos, Victoriano se comportó como liberal nacionalista típico y trató a Maximiliano y Carlota como usurpadores. Ochenta años más tarde, la mitad de los capítulos de Noticias del Imperio, de Fernando del Paso, ocurre precisamente en el castillo de Bouchot, pues son un monólogo de Carlota poco antes de morir en 1927 (Fernando del Paso, noticias del imperio, méxico, 2008). // A Victoriano, de visita en Bélgica, debía interesarle sobremanera conocer en persona a una figura que él había novelizado. La visita o intento de visita pudo haberse realizado efectivamente hacia 1912 o bien hacia 1914, cuando nuestro autor pasó por dicho país.
[3] Ángel Núñez Ortega fue un diplomático veracruzano. El 27 de febrero de 1872 Benito Juárez lo nombró oficial segundo de la sección de América en la Secretaría de Relaciones Exteriores. En 1874 fungió en Alemania como encargado de negocios. Regresó a México y en 1879 fue designado ministro residente cerca del gobierno belga. Hacia 1889 era ya enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de México ante el rey Leopoldo II de Bélgica (vid. Joaquín Ramírez Cabañas, obra histórica, méxico, 2004, pp. 328-329).
[4] El rey Alberto I, sobrino de Leopoldo II, de quien heredó el trono, luchó al frente de su ejército contra la invasión alemana de 1914. Una vez concluida la guerra dedicó todas sus energías a la reconstrucción nacional.
[5] Auguste Goffinet fue coronel ayuda de campo del rey Leopoldo II; junto con la reina María Enriqueta acompañó a Carlota en Bélgica. Enviado extraordinario y ministro plenipotenciario, así como gran maestre de la corte de la emperatriz, acumuló la función de administrador de sus bienes con la de tutor, esta última reemplazando al príncipe Luis de Ligne, quien la ocupó de 1912 a 1918. (Reinach Foussemagne, op cit, pp. xiii y 376).
[6] Entre 1919 y 1922 Artemio del Valle Arizpe trabajó en el servicio exterior mexicano como segundo secretario de las legaciones en Madrid y Bruselas; es muy probable que durante su estancia en Bélgica haya conocido al barón de Goffinet.
[7] La orden mexicana de Guadalupe es una institución honorífica y ornamental de condecoraciones que existió en tres ocasiones: durante el imperio de Iturbide (cuando se instituyó en 1821), en el último gobierno de Santa Anna (1853) y en la época del Segundo Imperio. (diccionario porrúa, méxico, 1995, p. 1568). Tomando en cuenta que se trata de una insignia monarquista, es normal que los diplomáticos mexicanos no la porten.
[8] Durante su estancia en Bélgica, Amado Nervo escuchó una anécdota sobre Carlota del secretario de la Nunciatura. Asimismo, tuvo conocimiento del buen trato que recibió la emperatriz durante la ocupación alemana; sin embargo, en sus memorias no hace ninguna referencia al episodio del dulce citado por Salado (vid. Amado Nervo, obras completas, ii, méxico, 1991, pp. 1084-1090).
[9] Ángela y Luz Bringas Robles, fueron mujeres solteras que heredaron una cuantiosa fortuna integrada por fincas urbanas y campestres y numerosas empresas industriales y financieras. Fueron célebres en su época debido a la calidad de sus recepciones y el lujo de sus aposentos, los cuales decoraban con adquisiciones hechas en el extranjero. A raíz de la decena trágica, en 1913, decidieron fijar su residencia permanente en París (vid. Luis Ortiz Macedo, “el teatro nacional”, méxico, 1998).
[10] Antoniette du Roure Madame de Hulst era hija del marqués du Roure y esposa del conde Joseph-Maurice de Hulst, así como amiga de infancia de la madre de Carlota, la reina de Bélgica Luisa María de Orleans. Después de la muerte de la reina siguió ocupándose a distancia de la educación de su hija, que había quedado bajo el cuidado de su aya, Madame Bovée. Al igual que la abuela de Carlota, la reina de Francia María Amalia, se mostró contraria a la aceptación de la corona de México por la pareja de Miramar (vid. Luis Weckmann, carlota de bélgica, méxico, 1989, p. 92).
[11] La información entre corchetes es agregada por Salado // María Enriqueta de Austria nació en lo que hoy en día es Budapest, Hungría. Fue reina consorte de Leopoldo II desde el inicio de su reinado, hasta su muerte en 1902. Siendo hija de José Antonio de Austria y de la duquesa María Dorotea de Württemberg, obtuvo otros cargos nobiliarios importantes como Princesa Imperial y Archiduquesa de Austria, y también Princesa Real de Hungría y Bohemia (enciclopedia de europa, méxico, 1994, p. 265). // Leopoldo II fue monarca de Bélgica de 1865 a 1909. Fue el segundo rey de Bélgica –considerando que este país obtuvo su independencia en 1830– y propietario único del Estado Libre del Congo, al cual administró privadamente hasta 1908. Esta posesión territorial fue rápidamente convertida en un conjunto de grandes campos de trabajo forzado, y así, el rey convirtió rápidamente a Bélgica en una potencia imperialista al poco tiempo de haber tomado el trono. Para el momento de su muerte no se contaba con heredero directo varón, por lo que fue su sobrino, Alberto I, hijo de Felipe de Bélgica, quien heredó la corona (ibid., pp. 265-267).
[12] El mariscal a que se refiere es seguramente François de Bassompierre, quien sirvió en la corte de Enrique IV de Francia, desde 1598. Se mantuvo fiel al rey Luis XIII aún después de todas las rebeliones de los Medici, y obtuvo el grado de Mariscal por su participación en el levantamiento de los Hugonotes entre 1621 y 1622. Sirvió en varios frentes, como La Rochelle y Privas en Francia, además de otras campañas en el extranjero como Hungría, Suiza e Italia. Fue arrestado y puesto en la Bastilla en 1631 por conspirar contra el cardenal Richelieu. Ahí permaneció hasta 1643, año de la muerte del cardenal. Ya libre, pasó sus últimos años en el castillo de Tillières, en Normandía (ibid., pp. 214-215).
[13] Alberto I sucedió a Leopoldo II en el trono de Bélgica de 1909 hasta 1934. Gobernó dicho país durante la Primera Guerra Mundial, anteponiéndose a serios retos como la invasión alemana de 1914. Murió de un accidente de alpinismo a los 58 años de edad, y fue enterrado en la Iglesia de Nuestra Señora de Laken (ibid., pp. 275-276).
[14] Felipe, conde de Flandes, fue el tercer hijo del rey belga Leopoldo I y de su esposa Luisa María de Orleans. Fue el hermano menor del rey Leopoldo II. Se le otorgó el título de conde de Flandes en 1840. En 1867 se casó con María de Hohenzollern. Fue nombrado en 1872 miembro de la “Orden del Toisón de Oro”, en España (ibid., p. 269).
[15] Según la tradición cristiana, José tuvo un tránsito privilegiado a la otra vida al haber sido asistido por Jesús y María en el momento de su muerte. Se le considera el patrón del bien morir por ser dichoso el que muere en brazos del Señor (P. Eliécer Salesman, vidas de santos. méxico, 1957, pp. 367-368).
[16] Carlota sobrevivió aún dos años a la fecha de redacción del presente texto.

"Pro aris et focis…", Victoriano Salado Álvarez



"Pro aris et focis…" cuento completo en el siguiente link:
https://www.dropbox.com/s/5rvtn08z3u3yswy/VSA_Pro_Aris.pdf?dl=0

Victoriano Salado Álvarez, "De la vida bohemia"

De la vida de bohemia[1]

No eran precisamente trufas lo que se comía ni champaña lo que se cataba hace veinte años en el aposento de dos poetas hispano-americanos que vivían en París, rue de la Parchéminerie, número 57.[2] De ellos el más joven, Amado Nervo, acababa de llegar a París hacía unos cuantos meses, mientras el otro, Rubén Darío, llevaba ya[3] algún tiempo en la capital de Francia.[4]
Pero ni el recién llegado ni su compañero lograban juntar las dos puntas de la cuerda. Nervo escribía afanosamente[5] para los diarios mejicanos, cubanos y sudamericanos, mientras Darío dedicaba su trabajo casi exclusivamente a La Nación de Buenos Aires,[6] que recibía o dejaba de recibir correspondencias de su redactor viajero, pero que nunca dejaba de enviar mensualmente
una suma considerable al inquieto nicaragüense.

Mas daba la casualidad que aquel mes pasaban los días, que eran los últimos del año, sin que llegara un céntimo, que se acercaban las fiestas de Navidad y que no había manera de solemnizar siquiera con una mala cena el día memorable. Sólo vivía descuidada la Paca, Francisca Sánchez, amante de Darío, moza cerril a quien el poeta había encontrado pastoreando cabras en un lugar de la provincia de Ávila.[7]
Y como si el bendito Noel lo hiciera, el 24 muy temprano llegó un hombre de gorra galoneada que depositó en tierra su fardo de cartas, periódicos y paquetes y entregó a Rubén un sobre lacrado que contenía el giro consabido, un suplemento por[8] la celebración del día y los deseos de que el poeta tuviera pascuas muy felices.
Pensó el bienaventurado en adquirir unos jarrones de Satsuma;[9] en comprar un cuadro holandés de género que había visto expuesto en casa de un mercader de la rue Laffayette y en hacerse con un gabán de pieles, pero la Paca, más positiva y con mayor sentido práctico, opinó por una buena cena de Navidad con zampán y todo. Lástima grande que hubiera que prescindir de los villancicos, los zortsicos,[10] la gaita y el tamboril; pero todo se supliría con apetito y gracejo[11].
Conformes estuvieron los amigos, y sucesivamente fueron llegando a la vivienda pavos, jamones, peces, dulces, licores, champaña, y todo cuanto es de rigor en esos casos; pero también llegó, atraído por el olor de fiambres y especias, lo que no podía faltar: el sabio que iba recogiendo las hojas que arrojaban los demás.
Se trataba de un venezolano que Nervo solía retratar con mucha gracia, que por su larga estancia en París había adquirido gran conocimiento de la lengua francesa (él era quien había convertido El Bachiller en Origène)[12] y que sabía maravillosamente los lugares en que algo se guisaba; y como conocía la esplendidez de sus amigos, pensó que si algo tenían para pasar aquella velada, con él lo compartirían.
Darío empezó a trasegar desde temprano todos los licores de diferente sabor, densidad y coloración que tenía a la vista, y antes de que fuera “media noche, cuando Dios quiso nacer”,[13] ya se encontraba en ese estado de embriaguez trágica, villana y pendenciera que tienen algunos que debían observar siempre la ley de Volstead.[14]
Sentado en un rincón el gran nicaragüense parecía no darse cuenta de nada; Nervo escribía en una mesilla y el venezolano iba, venía, bajaba, traía flores, tendía manteles y a cada vez que abría la puerta que comunicaba con la cocina arrastraba como cauda un fuerte olor a aceite y un chirriar de cacerolas y vibrar de loza y cubiertos que ponían alegría en el cuerpo.
De repente Darío se levantó lanzando gritos, y con la cara congestionada tomó por la solapa al oficioso literatoide, lo[15] estrechó contra la pared y le dijo un poco en francés y un poco en castellano una serie de insultos en que apenas se podían percibir ahogados: “Bellaco… Venir a faltarme a mi casa… Je vais te tuerGallopin” y otras cosas que pertenecían al repertorio clásico y al villanesco.
Parece que el infeliz llevaba en la mano uno de esos muebles que nuestras cocineras llaman convoyes,[16] y que al verse acometido se derramaron por el suelo el aceite, la pimienta, la sal y el vinagre, y que apenas con el tiempo necesario para coger su abrigo y su sombrero salió[17] escapado bajando escaleras como si lo hubieran seguido verdaderos demonios.

Quedó Darío acezando en un sillón, y cuando Nervo lo vio en calma, se acercó a decirle:
—Rubén, qué mal ha hecho usted… qué mal ha hecho en golpear a ese desgraciado.
—Yo no admito que se me falte en mi casa; ese canalla venía a seducir a Paca.
—¿Seducir? No había tal –contestó Amado–; venía a seducir a los fiambres que usted ha traído: estaba muriéndose de hambre… En fin, piense usted que pudiera haber sido Nuestro Señor Jesucristo en el día de su nacimiento, que venía a compartir la cena de dos pobres poetas.
—Tontería –respondió el otro–. ¿Qué señales podíamos tener de que era ese pillo Cristo[18] y no un gorrón que abusaba de mi bondad para…?
—Se ha presentado Cristo en tantas ocasiones y con tantos disfraces lo mismo ante los sabios que ante los indoctos, tanto en casa de los potentados del mundo como ante los gañanes… Tristes y melancólicos iban los discípulos camino de Emmaus y el Maestro se les reunió para recordarles lo que habían vaticinado los profetas y, ¿no aceptó lo que le decían aquellos limpios de corazón y que quizás debía haber sido nuestra salutación a ese desgraciado según el mundo?: “Tarde es ya y el sol se nos oculta; permaneced en nuestra compañía.” Lo habríamos conocido como[19] los apóstoles lo conocieron, en el modo de partir el pan…[20]
Volvió Darío de su sueño trágico y sin decir nada más, en medio de la nieve y la ventisca se lanzó a la calle a buscar al pobre que representaba a Cristo. Erró por calles y boulevares, lleno de alborozo,[21] entró a los estaminets[22] y a las fondas baratas, pero en ninguna parte dio con el infeliz aquel que había tenido cuidado de ponerse a buen recaudo. Mas el trabajo no fue en balde; en lugar de él llevó al borrachín más harapiento y más astroso que encontró a mano y lo sentó a la mesa a comer de aquellas cosas ricas. Y es fama que el tal sí se excedió en los halagos y las galanterías a la española y que trasegó sin hacerse[23] de rogar cuanto encontró a la mano.
Así transcurrió la Navidad de dos bohemios.

(SALADO Álvarez, Victoriano, "Las cartas de la locura",
Narrativa breve, edición crítico-hermenéutica, México, 
UNAM / IIFL / Universidad de Guadalajara / Colegio de Jalisco,
2012, pp. 393-398).





[1] Se conocen dos versiones: V. Salado Álvarez, “De la vida de bohemia”, en idi, año v, t. xviii, núm. 1737 (9 de julio de 1922), pp. 1 y 4, segunda sección, y Victoriano Salado Álvarez, mismo título, en lpsa, con fecha manuscrita 19 de julio de 1922 (recorte de prensa en avsa, caja 35, fólder 30; el ejemplar no se localiza para los datos de publicación), ambos firmados en San Francisco, Cal., a 25 de mayo de 1922.
[2] De acuerdo con la autobiografía de Rubén Darío, el apartamento parisino que compartía, primero con Enrique Gómez Carrillo y posteriormente –a la salida de éste– con Amado Nervo, se ubicaba en el número 29 de la rue de Faubourg Montmartre (vid. Rubén Darío, autobiografía. madrid, 1920, pp. 177-178) // Nervo relata sobre esos años: “[Darío era] sibarita y gourmet de buena cepa. Durante los nueve meses que vivimos juntos solíamos regalarnos […] de ricos faisanes dorados, galantinas modernistas, trufas ultra capciosas, et caeteris […]” (Amado Nervo, el éxodo y las flores del camino. méxico, 1902, p. 126).
[3] lpsa: ya llevaba por llevaba ya
[4] El propio Rubén Darío recuerda esa época en estos términos: “[…] Carrillo tuvo que dejar su casa, y yo me quedé con ella; y como Carrillo me llevó a mí, yo me llevé al poeta mexicano Amado Nervo, en la actualidad cumplido diplomático en España y que ha escrito lindos recuerdos sobre nuestros días parisienses, en artículos sueltos y en su precioso libro El éxodo y las flores del camino (Darío, op. cit., p. 178).
[5] lpsa: escribía y escribía afanosamente por escribía afanosamente
[6] La Nación es uno de los más influyentes periódicos argentinos. De orientación derechista, fue fundado por Bartolomé Mitre en 1870 y actualmente aún goza de enorme distribución. En cuanto a la colaboración de Darío con el diario argentino, éste recuerda: “[…] Pasaba, pues, mi vida bonaerense escribiendo artículos para La Nación, y versos que fueron más tarde mis Prosas Profanas; y buscando, por la noche, el peligroso encanto de los paraísos artificiales. […] La exposición de París de 1900 estaba para abrirse. Recibí orden de La Nación de trasladarme en seguida a la capital francesa […]” (Darío, op. cit., pp. 135 y 177).
[7] En 1899, Darío conoció en Madrid a Francisca Gervasia Sánchez del Pozo (que el poeta gustaba llamar “Princesa Paca”) originaria de la localidad de Navalsaúz, provincia de Ávila. Fue la última compañera del escritor nicaragüense y con ella procreó tres hijos. Le compuso el poema “A Francisca” (1902) (Rubén Darío III, tres mujeres en la vida de rubén darío. buenos aires, 1966, pp. 28-37).
[8] lpsa: para por por
[9] Tipo de cerámica japonesa proveniente de la región del mismo nombre; actualmente constituye la parte occidental de la provincia de Kagoshima, en la isla de Kyushu.
[10] El zorcico o zortziko refiere a un tipo de composición musical de origen vasco estructurada en compás de 5/8 (significa “de ocho” u “octava” en euskera). Tradicionalmente se toca con un tipo de flauta vasca llamada chistu y acompañada por tamboril.
[11] En este contexto, sustantivo que hace o dice gracias de mal género; desprovisto de la gracia del gracioso (Francisco J. Santamaría, diccionario de mejicanismos. méxico, 2000, p. 562).
[12] La novela El bachiller (1895) fue editada en Francia en 1902 por el editor y tipógrafo francés Léon Vanier, bajo el título de Origène. Sin embargo, no es completamente seguro que ni este editor ni el propio Amado Nervo la hayan traducido al francés, dado que la edición original de Origène omite los datos del traductor. Es probable que este último fuera el personaje venezolano que Salado menciona en el presente cuento. // Dado su éxito, El bachiller tuvo al año siguiente de su aparición una segunda edición castellana en 1896, acompañada de juicios críticos de distintas personalidades, entre los que figura nuestro autor bajo el seudónimo del arcipreste Johán Ferruz (vid. “Éste es el enjemplo del monje Bernabé, yoglar de Nuestra Sennora”, cuento de este volumen), remitiéndole una breve carta en español antiguo firmada “V. Salado Álvarez” (vid. Amado Nervo, el bachiller. méxico, 1896, pp. 54-56).
[13] Poema popular que era cantado durante las posadas de Nochebuena a fines del siglo xix, particularmente entre la gente del centro de la Ciudad de México: “La otra noche a media noche, / cuando Dios quiso nacer, / bajó el ángel San Gabriel / con su espada y su laurel / en su caballito blanco, / alumbrando todo el campo, / campo chiquito / de San Juaniquito; / campo mayor / de San Salvador, / campo mediano / de San Cayetano” (Guillermo Prieto, “año viejo, nochebuena”. méxico, 1993, pp. 454-455). Guillermo Prieto explica que el origen de estas composiciones tenía lugar en los altares dedicados a la Virgen María por la imprenta de Valdés (después de Abadiano) en la esquina de las calles de Tacuba y Santo Domingo, y eran conocidas como los “versos mudos”.
[14] Sobre esta ley, así como sobre el personaje del que toma nombre, vid. nota 19 a “El arte de la adulación”, cuento de este volumen.
[15] lpsa: le
[16] Se admite como mexicanismo, especialmente en Tabasco; refiere a un séquito o conjunto de pequeñas vasijas destinadas para los condimentos (Francisco J. Santamaría, el provincialismo tabasqueño. méxico, 1921, p. 395).
[17] lpsa: coger abrigo y sombrero salió por coger su abrigo y su sombrero salió
[18] lpsa: de que ese pillo era Cristo por de que era ese pillo Cristo
[19] lpsa: conocido también como por conocido como
[20] Referencia al pasaje bíblico en el que, luego de la Crucifixión, dos discípulos caminaban rumbo al pueblo de Emaús y vieron acercarse a Jesús, a quien no reconocieron. En el camino conversaron acerca de lo ocurrido con la tumba de Jesús y de lo que se comentaba sobre su Resurrección, ante lo que él les recordó la palabra de los profetas. Cuando llegaron a su destino, le invitaron a compartir la mesa con ellos, seguido a lo cual Jesús se les reveló (vid. Lc 24: 13-35): “[…] Se acercaron a la aldea a donde iban; y Él fingió seguir adelante. Obligáronle diciéndole: ‘Quédate con nosotros, pues el día ya declina’. Y entró para quedarse con ellos. Puesto con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Se abrieron los ojos y le reconocieron y desapareció de su presencia” (Lc 24: 28-31).
[21] lpsa: bulevares y lleno de alborozo entró por bulevares, lleno de alborozo, entró
[22] Café pequeño y popular.
[23] lpsa: trasegó hacerse por trasegó sin hacerse