viernes, 31 de marzo de 2017

Eduardo Lizalde, Poemas

El tigre

Hay un tigre en la casa
que desgarra por dentro al que lo mira.
Y sólo tiene zarpas para el que lo espía,
y sólo puede herir por dentro,
    y es enorme:
más largo y más pesado
que otros gatos gordos
y carniceros pestíferos
de su especie,
y pierde la cabeza con facilidad,
huele la sangre aun a través del vidrio,
percibe el miedo desde la cocina
y a pesar de las puertas más robustas.

Suele crecer de noche:
coloca su cabeza de tiranosaurio
en una cama
y el hocico le cuelga
más allá de las colchas.
Su lomo, entonces, se aprieta en el pasillo,
de muro a muro,
y sólo alcanzo el baño a rastras, contra el techo,
como a través de un túnel
de lodo y miel.

No miro nunca la colmena solar,
los renegridos panales del crimen
de sus ojos,
los crisoles de saliva emponzoñada
de sus fauces.

Ni siquiera lo huelo,
para que no me mate.

    Pero sé claramente
que hay un inmenso tigre encerrado
en todo esto.


Magna et pulchra conventio

Hoy me produce vómitos
pertenecer a este planeta,
pero entiéndase bien: sólo por hoy,
sólo por esta vez.
No se me tome por contrarrevolucionario.

Sólo por unas horas.
Hay que comprenderlo.
No me importa por hoy
pertenecer al bando oscuro
o claro de los hombres.
De todo hay en la fiesta.
Toda clase de baile se cultiva.

Sólo siento esta vez
unas ganas dulcísimas,
ganas empalagosas
de matar un hombre
—pudiera ser yo mismo—
o una mujer,
por nada, sin motivo,
como un supremo lujo irrealizable.

Ganas terribles
de que nuestras sagradas asambleas
de ranas que barritan
y canguros que graznan
estallen como el vientre
de la chinche golosa.

Pero eso es todo, amada.
Simplemente por hoy,
aunque no constituya precedente,
como un relámpago sucio
contrario a los principios esenciales,
por esta vez, insisto,
sólo por media hora,
vuelvo el estómago,
hago del cuerpo con la boca
de sólo ver un traje o unos poemas
tejidos por los hombres.


2

Y el miedo es una cosa grande como el odio.
El miedo hace existir a la tarántula,
la vuelve cosa digna de respeto,
la embellece en su desgracia,
rasura sus horrores.
Qué sería de la tarántula, pobre,
flor zoológica y triste,
si no pudiera ser ese tremendo
surtidor de miedo,
ese puño cortado
de un simio negro que enloquece de amor.

La tarántula, oh Bécquer,
que vive enamorada
de una tensa magnolia.
Dicen que mata a veces,
que descarga sus iras en conejos dormidos.
   Es cierto.
pero muerde y descarga sus tinturas internas
contra otro,
porque no alcanza a morder sus propios
    miembros,
y le parece que el cuerpo del que pasa,
el que amaría si lo supiera,
es el suyo.


6

De pronto, se quiere escribir versos
que arranquen trozos de piel
al que los lea.

Se escribe así, rabiosamente,
destrozándose el alma contra el escritorio,
ardiendo de dolor,
raspándose la cara contra los esdrújulos,
asesinando teclas con el puño,
metiéndose pajuelas de cristal entre las uñas.

Uno se pone a odiar como una fiera,
entonces,
y alguien pasa y le dice:
“vente a cenar, tigrillo,
la leche está caliente”.


7

Uno creería que terminado este poema,
gastada en el papel tanta azul tinta envenenada
—catarsis y todo eso—,
sería más claro el rostro de las cosas,
compuesto el trote del poeta,
recién bañado el tigre,
vuelto al archivo el orden,
al gato los tejados.

Pero el dolor prosigue contra el texto,
cebándose en las carnes
como el can caduco y ciego,
que desconoce al dueño por la noche,
o bien, el amo alcohólico
que muele a palos a su perra
mientras ella (¡oh tristes!)
lame

la dura sombra que la aplasta.

domingo, 19 de marzo de 2017

"El Hijo Pródigo. Revista literaria", Diana Andrea Pérez Adame

El Hijo Pródigo. Revista literaria


Si bien durante el siglo XIX la publicación de distintas revistas literarias en nuestro país fue por demás fructífera para las letras mexicanas —ya que se intentaba construir una identidad nacional a base de literatura, cultura y reflexiones filosóficas— el siglo XX no se queda atrás. Durante la primera mitad del siglo, revistas como Contemporáneos, Taller, Tierra Nueva, Letras de México, Cuadernos Americanos, Plural y Vuelta son sólo algunos intentos por continuar la labor divulgadora de la cultura en México, que además de ser ejercicios en pro de la literatura, buscaban ser un lugar donde discutir problemáticas locales y mundiales.
           
Así pues, El Hijo Pródigo. Revista literaria fue una importante publicación mensual que, durante poco más de tres años (42 meses, 42 números), dio palabra a grandes personalidades de México y del extranjero. Su fundador y director, Octavio G. Barreda, se sirvió de la revista teatral europea The Mask (de Edward Gordon Craig) para su realización. De este modo, luego de una plática entre el propio Barreda y Octavio Paz, el 15 de abril de 1943 salió a la venta el primer número de la revista con un costo de $1.50 pesos. A partir de tal fecha y hasta el 15 de septiembre que finalizó, la revista incluyó trabajos de 323 autores, a saber 87 de mexicanos, 46 de españoles, 24 de franceses, 20 de latinoamericanos, 13 de ingleses, 13 de norteamericanos, 11 de alemanes y 18 de diversas nacionalidades[1].
En cuanto a los tipos de textos, cabe resaltar la sección de poesía en la cual se publicaron 43 colaboraciones: 26 de mexicanos, 9 de latinoamericanos y 8 de españoles. Por otro lado, uno de los reconocimientos mayores hacia esta revista fue su labor difusora en el teatro: se incluyeron un total de 23 piezas dramatúrgicas: 11 de mexicanos, tres de españoles, cuatro traducciones del francés, dos del italiano, dos del ruso y una del alemán. Además, El Hijo Pródigo incluyó traducciones de personalidades como T. S. Eliot, P. Valéry, A. Huxley y A. Chéjov, por ejemplo.
           Referente a la constitución espacial, tipográfica y de diseño de la revista, ésta tuvo tres secciones permanentes: “Notas”, “Correspondencia” e “Imaginación y Realidad”, las cuales acompañaban a todas las temporales que dependían de temas del mes y de los autores-colaboradores. Por otro lado, la portada, aunque no variaba mucho de estructura, siempre alternaba de ilustración; debajo de ésta iba el sumario, y más abajo se anunciaba el artículo más sobresaliente del número. Así mismo, los datos de la portada estaban enmarcados por frases correspondientes a obras literarias.
        Muchos fueron los nombres importantes que plasmaron su obra en El Hijo Pródigo. Además de Octavio G. Barreda —el cual apareció como editor desde el núm. 1 hasta el 29; posteriormente, como fundador— los principales colaboradores de la revista fueron Xavier Villaurrutia —quien fue director a partir del núm. 30—, Alí Chumancero, Celestino Gorostiza, Antonio Sánchez Barbudo, Octavio Paz, Gilberto Owen, Rafael Solana, José Luis Martínez y Leopoldo Zea.  Conjuntamente aparecían Jaime Torres Bodet, Carlos Pellicer, Elías Nandino y Pedro Henríquez Ureña; todos ellos bajo la administración del periodista Isaac Rojas Rosillo. De este modo, entre las páginas de El Hijo Pródigo, convivieron escritores de la generación de Contemporáneos, del grupo de Taller, y del grupo Tierra Nueva pues acababan de concluir sus revistas —Contemporáneos (1931); Taller y Romance (1941); Tierra Nueva (1942) —.


      
      En esta época en la que acababan de concluir revistas prometedoras, y donde se estaba desarrollando en México la que años después sería una importantísima industria editorial, circuló El Hijo Pródigo complementando a Letras de México —revista también fundada por G. Barreda— pues los textos de ésta última, como su nombre lo dice, se limitaban a nuestro territorio nacional. De tal suerte, “[s]i Letras de México tenía una tarea informativa y de divulgación de los nuevos valores, a El Hijo Pródigo le tocaba presentar los valores ya realizados, las experiencias maduras dentro de la dirección más avanzada y de mayor calidad en nuestro medio literario y artístico.”[2] Así, sin olvidar la época de guerra que vivía el mundo y que esta revista estuvo envuelta en varios incidentes “políticos” como el que Pablo Neruda sentenciara “a diestra y (sobre todo) a siniestra que El Hijo Pródigo era fascista y sede de reaccionarios como Victor Serge, Jean Malaquais, Benjamin Péret y César Moro”; o cuando “Diego Rivera montó en cólera por un artículo de Ramón Gaya”[3] criticando (por muchos más insultando) a la obra de José Guadalupe Posada es innegable que

El Hijo Pródigo tuvo un impacto de enorme trascendencia, pues renovó la poesía y la narración; impulsó la creación del nuevo teatro mexicano; alentó la aparición de una crítica literaria y pictórica moderna… En sus páginas se prestó atención a diversos temas de cultura prehispánica, al tiempo que se publicaron traducciones foráneas, de autores clásicos y modernos. Asimismo, convivieron y escribieron en la revista autores mexicanos y españoles (exiliados), pertenecientes a diferentes generaciones y tendencias artística.[4]

Diana Andrea Pérez Adame

Bibliografía:

--------. “Presentación” en El Hijo Pródigo 1943-1946. I Abril de 1943-Septiembre de 1943, México, Fondo de Cultura Económica, 1983. (Revistas Literarias Mexicanas Modernas).

---------. “El Hijo Pródigo. Revista Literaria”, Enciclopedia de la Literatura en México, s/a (consultada el 10 de febrero de 2017). Artículo en línea disponible  en http://www.elem.mx/institucion/datos/1848

--------. Diccionario de literatura mexicana. Siglo XX, coordinación de Armando Pereira. Colaboración de Claudia Albarrán, Juan Antonio Rosado, Angélica Tornero, 2ª ed., México, Universidad Nacional Autónoma de México / Instituto de Investigaciones Filológicas / Centro de Estudios Literarios / Ediciones Coyoacán, 2004.

Sheridan, Guillermo. “Octavio Paz: cartas de Berkeley”, Letras libres, s/a 6 de noviembre de 2011, (consultada el 11 de febrero de 2017). Artículo en línea disponible  en http://www.letraslibres.com/mexico/octavio-paz-cartas-berkeley



De las fotos:

Octavio G. Barreda obtenida del enlace <http://www.juristasunam.com/octavio-paz-en-la-memoria-de-otros-octavio-g-barreda/23281/> en marzo de 2017.

Octavio Paz obtenida del enlace  <http://www.elem.mx/institucion/datos/1867> en marzo de 2017.

El Hijo Pródigo (primer número) obtenida del enlace <http://www.letraslibres.com/mexico/editor> en marzo de 2017.








[1] Los datos cuantitativos que ofrezco en esta semblanza (número de autores y publicaciones) los retomo de la “Presentación” del libro compilatorio de El Hijo Pródigo publicado por el Fondo de Cultura Económica en 1983, así como del Diccionario de literatura mexicana que coordinó Armando Pereira.
[2] “Presentación” en El Hijo Pródigo…, p. 7.
[3] Sheridan, Guillermo. “Octavio Paz: cartas de Berkeley”, http://www.letraslibres.com/mexico/octavio-paz-cartas-berkeley
[4] “Presentación” en El Hijo Pródigo…, p. 15.

viernes, 17 de marzo de 2017

Juan García Ponce, Dos cuentos

Tajimara



En su coche, camino a Tajimara, Cecilia me dijo al fin el motivo de la fiesta: Julia iba a casarse y Carlos había organizado la reunión para “despedirse de la casa”. Asombrado, le pregunté quién era el novio. Dijo un nombre que no significaba nada para mí y luego me explicó que era un chileno al que podría aplicársele el aforismo de Schopenhauer sobre las mujeres: pelo largo e ideas cortas. Yo quería que me contara todo, pero con Cecilia eso era imposible; por encima de cualquier otra cosa adoraba la confusión y el misterio, y ésta era una oportunidad única. Contestó que no sabía nada, que ya los vería y me daría cuenta de lo que había pasado. Comprendí que era inútil intentar sacarle algo más y me dediqué a mirar la carretera en silencio. Estaba lloviendo y, vistos a través de los cristales empañados, los abetos sacudidos por el viento, las montañas pardas y el cielo gris y deslavado, parecían en-vueltos en una enorme bolsa de celofán. Antes, Cecilia y yo habíamos recorrido estos mismos veinte kilómetros innumerables veces; pero el paisaje nunca me había parecido tan melancólico como ahora. En cierto sentido, que ella manejara siempre era casi simbólico. Me había guiado hacia donde ella quería toda mi vida y cuando después de seis meses de no verla se presentó de pronto para invitarme otra vez a Tajimara, no tuve ni siquiera tiempo de pensar en lo que sentía, acepte simplemente, consciente de que jamás sabría si la quería o la odiaba. Al manejar levantaba ligeramente la cabeza y la postura acentuaba la extraordinaria gracilidad de su cuello. Con su vestido verde, sin mangas, cerrado hasta el cuello, recto y pegado al cuerpo, se veía divina. [...]

                                                                                         Juan García Ponce

Cuento completo en el siguiente link:



El gato

El gato apareció un día y desde entonces siempre estuvo allí. No parecía pertenecer a nadie en especial, a ningún departamento, sino a todo el edificio. Incluso su actitud hacia suponer que él no había elegido el edificio, haciéndolo suyo, sino el edificio a él, tal era la adecuación con que su figura se sumaba a la apariencia de los pasillos y escaleras. Fue así como D empezó a verlo, por las tardes, al salir de su departamento, o algunas noches, al regresar a él, gris y pequeño, echado sobre la esterilla colocada frente a la puerta del departamento que ocupaba el centro del pasillo en el segundo piso. Cuando D, vencido el primer tramo de las escaleras, daba la vuelta para tomar el pasillo, el gato, gris y pequeño, un gato niño todavía, volvía la cabeza hacia él, buscando que su mirada encontrara sus ojos extrañamente amarillos y ardientes en medio del suave pelo gris. Luego los entrecerraba un momento, hasta convertirlos en una delgada línea de luz amarilla y volvía la cabeza hacia el frente, ignorando la mirada de D que, sin embargo, seguía viéndolo, conmovido por su solitaria fragilidad y un poco molesto por el peso inquietante de su presencia. Otras veces, en lugar de en el pasillo del segundo piso, D lo encontraba de pronto acurrucado en uno de los rincones del amplio hall de la entrada o caminando despacio, con el cuerpo pegado a la pared, ignorando el avi-so de los pasos ajenos. Otras más, aparecía en alguno de los tramos de la escalera, enroscado entre los barrotes de hierro, y entonces bajaba o subía delante de D, poniéndose en movimiento sin volverse a mirarlo y apartándose de su paso cuando estaba a punto de darle alcance para volver a enroscarse alrededor de los barrotes, tímido y asustado, a pesar de que, al dejarlo atrás, D sentía la amarilla mirada sobre su espalda.


         El edificio en que vivía D era una construcción antigua pero bien conservada, con la sabia arquitectura de hace treinta o cuarenta años que daba valor y lugar a los elementos accesorios y cuyo estilo se ha vuelto anacrónico por su mismo carácter sin perder su sobria belleza. El hall de la entrada, la escalera y los pasillos ocupaban un vasto espacio del edificio y marcaban con su aspecto grave y vetusto toda la construcción. Unos días, quizás unas semanas antes de la aparición del gato, la imprevisible voluntad de los porteros, tan viejos e imperturbables como el edificio y que se apretujaban con hijos y nietos en el tapanco de la planta baja espiando recelosos el paso de los inquilinos, había eliminado del hall los dos pesados sofás de gastado terciopelo y el pequeño pero macizo escritorio de madera cuya antigua presencia acentuaba ese peculiar carácter conservador y ajeno al paso del tiempo de la construcción, y a D le pareció que el gato ocupaba ahora el lugar de los muebles. De algún modo, su inexplicable presencia se llevaba con el tono del edificio y, significativamente, D nunca lo vio entre las amplias y redondas macetas de barro con plantas de anchas hojas tropicales que la pareja joven del departamento contiguo al suyo había colocado por iniciativa propia en los descansos de la escalera para darle vida al pasillo. El gato parecía ser contrario a esa remota evocación de un jardín; su terreno eran los elementos sobrios y desnudos de pasillos y escaleras. Así, de la misma manera que se había acostumbrado a los dos sofás y el escritorio que llenaban el espacio vacío del hall y ahora extrañaba su presencia, D se acostumbró a encontrar de pronto al gato y recibir su mirada indiferente, y a verlo bajar o subir delante de él en las esca-leras sin preguntarse a quién pertenecería. […]
Juan García Ponce

Cuento completo en el siguiente link:

"La generación del medio siglo", Armando Pereira

"La generación del medio siglo: un momento de transición de la cultura mexicana"

 Armando Pereira



Artículo en el siguiente link:

martes, 14 de marzo de 2017

2° reporte de lectura, 21 de marzo, 2017

2° reporte de lectura
 
Elegir algún texto de una de las siguientes obras vistas en clase y realizar un breve comentario crítico (2 cuartillas), utilizando algún concepto teórico del Manual de Pragmática de la comunicación literaria, de onomástica u otro visto en clase.




Octavio Paz.  “Piedra de sol” o El arco y la Lira.
Juan Rulfo. Pedro Páramo (1955) o El Llano en llamas (1953).
 Inés Arredondo. Cuentos.
 Carlos Fuentes, La región más transparente.


El trabajo se entregará impreso el día 21 de marzo, a las 10:00 horas en el salón de clase, y deberá de contar con las siguientes características:

o   Tipografía Arial o Times, 12 pts., interlineado 1.5, justificado.
o   Se calificará sobre 100 puntos, tomando en cuenta entrega en fecha y hora.
o   Deberá contener introducción, desarrollo y conclusión.
Se tomarán en cuenta, además:
·  Argumentación (juicios críticos apoyados con bibliografía).
·  Puntuación.
·  Ortografía y erratas.
·  Citas textuales (cualquier plagio detectado ocasionará una calificación reprobatoria  de 0.0 pts).