lunes, 28 de noviembre de 2016

Examen de Literatura Mexicana 7 Siglo XX, 29 de noviembre de 2016

Temario para el examen de Literatura Mexicana 7 
Siglo XX






Conceptos teóricos
·                     Antífrasis
·                     Autor Implícito/real
·                     Carnavalización
·                     Circularidad
·                     Cronotopo
·                     Datos referenciales / referenciables
·                     Desautomatización
·                     Espacios vacíos
·                     Estrategias de serialidad
·                     Expectativa estabilizada
·                     Hibridación
·                     Horizonte de expectativas
·                     Identificación
·                     Intertextualidad (Perspectiva de Gérard Genette)
·                     Ipseidad/mismidad
·                     Isotopía
·                     Lector Implícito/real


·                     Metalepsis ficcional
·                     Negociación
·                     Onomástica
·                     Principio de autoridad
·                     Prolépsis y analepsis
·                     Repetición e iconicidad
·                     Tópico





Características de:
• Realismo/Naturalismo
• Novela de la revolución
• Ateneo de la juventud
• Estridentismo
• Los contemporáneos

Géneros:
• Haikú
• Géneros autorreferenciales
• Novela de la revolución
• Manifiesto

• Teatro
• Minificción


viernes, 18 de noviembre de 2016

4° reporte de lectura, 22 de noviembre de 2016

4° reporte de lectura

Elegir algún texto de una de las siguientes obras vistas en clase y realizar un breve comentario crítico (2 cuartillas), preferentemente, utilizando alguno de los conceptos teóricos vistos en clase

Los días terrenales o El luto humano de José Revueltas
Ensayo de un crimen o El gesticulador de Rodolfo Usigli
Un hogar sólido de Elena Garro.
Bestiario, Confabulario o La Feria de Juan José Arreola.
Mismidad e ipseidad (concepto teórico) en las letras mexicanas.


El trabajo se entregará impreso el día


22 de noviembre de 2016, a las 10:00 horas en el salón de clase, y deberá de contar con las siguientes características:

o   Tipografía Arial o Times, 12 pts., interlineado 1.5, justificado.
o   Se calificará sobre 100 puntos, tomando en cuenta entrega en fecha y hora.
o   Deberá contener introducción, desarrollo y conclusión.
Se tomarán en cuenta, además:
·  Argumentación (juicios críticos apoyados con bibliografía).
·  Puntuación.
·  Ortografía y erratas.

·  Citas textuales (cualquier plagio detectado ocasionará una calificación reprobatoria  de 0.0 pts).

lunes, 7 de noviembre de 2016

"El guardagujas" Juan José Arreola

El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.
   Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad:
   -Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?
   -¿Lleva usted poco tiempo en este país?
   -Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.
  -Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros -y señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un presidio.
   -Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.
  -Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá mejor atención.
   -¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.
   -Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes.
   -Por favor...
 -Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado.
   -Pero, ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?
  -Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente indicados en el suelo mediante dos rayas. Dadas las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un hermoso y confortable vagón.
   -¿Me llevará ese tren a T.?
   -¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente un rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?
   -Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser conducido a ese lugar, ¿no es así?
   -Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna...
   -Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted...
   -El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario, cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.
   -Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio?
   -Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a un tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea.
   -¿Cómo es eso?
   -En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a ciertas medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de orgullo para los conductores depositar el cadáver de un viajero lujosamente embalsamado en los andenes de la estación que prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera -es otra de las previsiones de la empresa- se colocan del lado en que hay riel. Los de segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles, allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente destruido.
   -¡Santo Dios!
   -Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren.
   -¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!
   -Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a convertirse en héroe. No crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio. Recientemente, doscientos pasajeros anónimos escribieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales ferroviarios. Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba el puente que debía salvar un abismo. Pues bien, el maquinista, en vez de poner marcha atrás, arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo necesario para seguir adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza por pieza y conducido en hombros al otro lado del abismo, que todavía reservaba la sorpresa de contener en su fondo un río caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció definitivamente a la construcción del puente, conformándose con hacer un atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros que se atreven a afrontar esa molestia suplementaria.
   -¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!
   -¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es usted un hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la fonda y tome el primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos; mil personas estarán para impedírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, irritados por una espera demasiado larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la estación. Muchas veces provocan accidentes con su increíble falta de cortesía y de prudencia. En vez de subir ordenadamente se dedican a aplastarse unos a otros; por lo menos, se impiden para siempre el abordaje, y el tren se va dejándolos amotinados en los andenes de la estación. Los viajeros, agotados y furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo insultándose y dándose de golpes.
   -¿Y la policía no interviene?
   -Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero la imprevisible llegada de los trenes hacía tal servicio inútil y sumamente costoso. Además, los miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su venalidad, dedicándose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban a cambio de esa ayuda todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el establecimiento de un tipo especial de escuelas, donde los futuros viajeros reciben lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado. Allí se les enseña la manera correcta de abordar un convoy, aunque esté en movimiento y a gran velocidad. También se les proporciona una especie de armadura para evitar que los demás pasajeros les rompan las costillas.
-Pero una vez en el tren, ¡está uno a cubierto de nuevas contingencias?
-Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las estaciones. Podría darse el caso de que creyera haber llegado a T., y sólo fuese una ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones del teatro, y las personas que figuran en ellas están llenas de aserrín. Esos muñecos revelan fácilmente los estragos de la intemperie, pero son a veces una perfecta imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de un cansancio infinito.
   -Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.
   -Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no debe excluirse la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal como desea. La organización de los ferrocarriles, aunque deficiente, no excluye la posibilidad de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Viene un tren, suben, y al día siguiente oyen que el conductor anuncia: "Hemos llegado a T.". Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y se hallan efectivamente en T.
   -¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?
   -Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo. Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T. No trate a ninguno de los pasajeros. Podrán desilusionarlo con sus historias de viaje, y hasta denunciarlo a las autoridades.
   -¿Qué está usted diciendo?

   En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo por hablar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia, sería aprehendido sin más, pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel o le obligarían a descender en una falsa estación perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes de que vea en T. alguna cara conocida.
   -Pero yo no conozco en T. a ninguna persona.
   -En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales.
   -¿Y eso qué objeto tiene?
   -Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de traslado. Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa omnipotente, y que ya no les importe saber adónde van ni de dónde vienen.
   -Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?
  -Yo, señor, sólo soy guardagujas. A decir verdad, soy un guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de F., cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres: "Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual", dice amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren escapa a todo vapor.
   -¿Y los viajeros?
   Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas naturales suficientes. Allí se abandonan lores selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco lugar desconocido, en compañía de una muchachita?
El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al viajero, lleno de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna.
   -¿Es el tren? -preguntó el forastero.
El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a cierta distancia, se volvió para gritar:
   -¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice que se llama?
   -¡X! -contestó el viajero.
   En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro del tren.
  Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.

"La migala", Juan José Arreola


La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.
     El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada.
  Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a la casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres.
   La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible.

   Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado, tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso cosquilleante de la aralia sobre mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña. Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi alma inútilmente se apresta y se perfecciona.
Hay días en que pienso que la migala ha desaparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño, o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles.
Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha devorado la migala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy siendo víctima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa migala. Tal vez el saltimbanqui me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo.
   Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la migala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero.
   Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

RODOLFO USIGLI, EL GESTICULADOR


EL GESTICULADOR (1938)





EL GESTICULADOR. (PIEZA PARA DEMAGOGOS EN TRES ACTOS) 


Para Alfredo Gómez de la Vega, 
que tan noble proyección escénica 
y tan humana calidad 
supo dar a la figura de 
César Rubio.


PERSONAJES:
El profesor César Rubio, 50 años Elena, su esposa, 45 años Miguel, su hijo, 22 años
Julia, su hija, 20 años

El profesor Oliver Bolton (norteamericano con acento español) Un desconocido (El general Navarro)
Epigmenio Guzmán, presidente municipal
Salinas, Graza, Treviño, diputados locales

El licenciado Estrella, delegado y orador del Partido Emeterio Rocha, viejo
León
Salas

La multitud. 

EPOCA: Hoy 

ACTO PRIMERO

Los Rubio aparecen dando los últimos toques al arreglo de la sala y el comedor de su casa, a la que han llegado el mismo día, procedentes de la capital. El calor es intenso. Los hombres están en mangas de camisa Todavía queda al centro de la escena un cajón que contiene libros. Los muebles son escasos y modestos: dos sillones y un sofá de tule, toscamente tallados a mano, hacen las veces de juego confortable, contrastando con algunas sillas vienesas, despintadas, y una mecedora de bejuco. Dos terceras partes de la escena representan la sala, mientras la tercera parte, al fondo, está dedicada al comedor. La división entre las dos piezas consiste en una especie de galería: unos arcos con pilares descubiertos, hechos de madera; con excepción del arco central, que hace función de pasaje, los otros están cerrados hasta la altura de un metro por tablas pintadas de un azul pálido y floreado, que el tiempo ha desleído y las moscas han manchado. Demasiado pobre para tener mosaicos o cemento, la casa tiene un piso de tipichil, o cemento doméstico, cuya desigualdad presta una actitud -dijérase- inquietante a los muebles. El techo es de vigas. La sala tiene, en primer término izquierda, una puerta que comunica con el exterior; un poco más arriba hay una ventana amplia; al centro de la pared derecha, un arco conduce a la escalera que lleva a las recámaras.
      Al fondo de la escena, detrás de los arcos, es visible una ventana situada al centro; una puerta, al fondo derecha, lleva a la pequeña cocina, en la que se supone que hay una salida hacia el solar característico del Norte. La casa es toda, visiblemente, una construcción de madera, sólida, pero no en muy buen estado. El aislamiento de su situación no permitió la tradicional fábrica de sillar; la modestia de los dueños, ni siquiera al la fábrica de adobe, frecuente en las regiones menos populosas del Norte. Elena Rubio, mujer bajita, robusta, de unos cuarenta y cinco años, con un trapo amarrado a la cabeza a guisa de cofia, sacude las sillas, cerca de la ventana derecha y las acomoda conforme termina; Julia, muchacha alta, de silueta agradable aunque su rostro carece de atractivo, también con la cabeza cubierta, termina de arreglar el comedor. Al levantarse el telón puede vérsela de pie sobre una silla, colgando una lámina en la pared. La línea de su cuerpo se destaca con bastante vigor. No es propiamente la tradicional virgen provinciana, sino una mezcla curiosa de pudor y provocación, de represión y de fuego. 
     César Rubio es moreno; su figura recuerda vagamente la de Emiliano Zapata y, en general, la de los hombres y las modas de 1910, aunque vista impersonalmente y sin moda. Su hijo Miguel parece más joven de lo que es; delgado y casi pequeño, es más bien un muchacho mal alimentado que fino. Está sentado sobre el cajón de los libros, enjugándose la frente.

CESAR.-¿Estás cansado, Miguel?
MIGUEL.-El calor es insoportable.
CESAR.-Es el calor del Norte que, en realidad, me hacía falta en México. Verás qué bien se vive aquí.
JULIA.-(Bajando) Lo dudo.


Obra completa en el siguiente link:

https://www.dropbox.com/s/3upvp3143z1679d/USIGLI-Rodolfo-El-Gesticulador.pdf?dl=0

jueves, 27 de octubre de 2016

Ulises Criollo y Prosa Atenea

En Ulises Criollo, primera parte de su autobiografía, José Vasconcelos nos dibuja sus primeros años y el preludio de su intensa vida intelectual y política. La sedentaria infancia entre el desierto, la cuenca del Valle de México y el puerto campechano que fue marcada por la fe católica; doctrina que marca un fuerte vínculo con su madre. Más adelante, la obra también transcurre en el antiguo barrio universitario en el centro de la Ciudad de México, en donde un joven Vasconcelos explora sus pasiones afinando su formación como jurista y filósofo. 
            Continuando con los recorridos por el territorio nacional y la constante denuncia al régimen de Porfirio Díaz, Vasconcelos reafirma su formación literaria, coincidiendo con dos momentos fundamentales dentro de su trayectoria: el Ateneo de la Juventud (donde destella su relación con Antonio Caso, Eduardo Colín, Jesús T. Acevedo y Alfonso Reyes) y la Revolución Mexicana como partidario del partido antireleccionista de Francisco I. Madero.
            Considerado años más adelante como “el maestro de América” José Vasconcelos, criollo errante, se expone frente a nosotros dejando al descubierto sus aciertos, errores, pasiones y demonios; en esta obra juega con la biografía, el diario y la crónica como un personaje clave tanto para la vida nacional y dentro de nuestra universidad.
            La edición de este libro, número 100 de la colección “Nuestros clásicos” respeta la edición original del libro y refuerza su lectura con las notas a cargo de Claude Fell.

http://www.librosdehumanidades.unam.mx/libro.php?id=PUB-000452


Por otro lado, Prosa Atenea. Antología del Ateneo de la Juventud se posiciona como compilación imprescindible en la vasta bibliografía dedicada al estudio y  divulgación de esta generación; en primer lugar por la introducción de Fernando Curiel donde se ponen en la mesa el contexto social, político y cultural donde germina el ateneo; en segunda instancia por su criterio de horizontalidad en el manejo de los autores, acomodados en orden alfabético, y la selección de textos que busca rescatar y dar a conocer obra no tan consultada; y por último, esta edición sirve como líquido de contraste donde se iluminan los conductos por donde transitó la savia creadora de esta constelación de pensadores.
            Prosa Atenea retrata la diversidad entre los ateneístas en un mural  compuesto por textos que van desde la filosofía, el pensamiento griego, la búsqueda de una identidad como país y región, la crónica durante la Revolución Mexicana, el reencuentro con los elementos prehispánicos, la crítica al ritmo de vida emergente en Estados Unidos y el reencuentro de lo popular como expresión cultural.
           

            Estos dos títulos, disponibles en nuestra librería, provocarán en el lector la curiosidad de conocer más de esta generación y explorar otras ediciones que durante los últimos años han engrosado ya a una vasta bibliografía compuesta por: volúmenes de obras completas, diarios, espitolarios, facsimilares, ediciones controversiales, entre otras, que viven en un tránsito continuo de las mesas de novedades a las vitrinas de las librerías “de viejo”.

http://www.librosdehumanidades.unam.mx/libro.php?id=PUB-001992