martes, 6 de octubre de 2020

"De autos" Victoriano Salado Álvarez


"De Autos". Cuento completo en el siguiente link:

https://www.dropbox.com/s/869rc4oegeryzew/VSA_De%20autos.pdf?dl=0

Victoriano Salado Álvarez, "Una hazaña de las muchas de don Antonio Rojas"



Una hazaña de las muchas
de don Antonio Rojas[1]


El tropel de caballos se oyó primero indistinto hacia el arroyo, se acentuó más al pasar por la parroquia y se escuchó claro cuando arribó a la barbería, reconocible a gran distancia por el banderín que en letras amarillas anunciaba:

Se rasurarisa
y
cortelpelo sih
 usa aguadiolor[2]


Los charros, que eran cinco, llevaban famosos pencos herrados, y aunque no se distinguían en el traje, ni en los arreos, ni siquiera en los caballos, todos rendían y hacían agasajo a uno que montaba un cuaco bayo lobo de doce cuartas, fuertes corvejones, bonitos encuentros, cabeza erguida y ojos inteligentes.
Echó pie a tierra el tal y uno de los acompañantes tomó de la rienda a la bestia, mientras el jefe entraba de rondón a la barbería.
—¿Qué sucede, maistrito? ¿Cómo va?
—Bien, señor coronel Rojas; muy bien. ¿Qué va a ser ahora?
Sin contestar, el coronel echó una mirada por la pieza, vio la olla de agua con sanguijuelas repletas de sangre y todavía entorpecidas por la reciente succión; el mollejón veteado de blanco y verde; los cuadros que representaban a Malek Adel y a Matilde,[3] ordinaria habitación de las moscas; los anuncios de fiestas con el clisé del toro embistiendo al picador y éste resistiéndolo y quebrantando a la fiera; el ejemplar desencuadernado de las Tardes de la granja, y el gallo búlique,[4] de cresta rosa y de cola y alas como de seda joyante, que lanzó un cacareo de reto y alzó la pata armada de espolón al ver entrar al desconocido.
El barbero cantaba acompañado de su guitarra, su séctima, como él la llamaba, con la cabeza inclinada, el instrumento casi en alto –sobre las piernas y una de éstas cruzada–; e iba a levantarse cuando el jefe lo detuvo.
—Poco a poco, maistro; ya que veo caballo se me ofrece viaje: écheme una de esas menores que usté sabe; que hay una con que hasta se me arrasan los ojos de lágrimas.
—¿Cuál será, señor? ¿“He de llegar a ti”?, ¿“Al romper del alba”?, ¿“Bendita tu voz divina”?
—No dijo el otro, acentuando con un dedo, “El júnebre ciprés del ceminterio…”
Y cantó el rapista, no sólo la canción pedida, sino una serie de horrores: corazones hechos pedazos, noches lúgubres, amores contrariados, duelos, muertes, ternuras, abnegaciones, todo el repertorio de la sensiblería cursi y manida. Nadie habría maliciado que fuera capaz de matar hombres, de destripar niños y de atormentar mujeres, quien se perecía por aquellos engundios.[5]
Cuando hubo cantado diez o doce de aquellas tonadas, que ni tenían la frescura y espontaneidad de la poesía popular, ni el primor de la obra artística, Rojas se levantó de la silla de paja que ocupaba y se dirigió a la consola coronada por un espejillo de marco de madera en que se podían ver segmentos de rostro.
—Ahora tenemos aceite de oso, pomada de toronjil, agua de la reina,[6] pomada de tútano[7] perfumada con esencia de bergamota, otra con linaloé, vinagre de los cuatro ladrones…[8]
Rojas se había arrellanado en el sillón forrado de lacre[9] que dejaba ver a trechos montones de crines apelmazadas, se había colocado el paño de blancura dudosa y que contrastaba enormemente con la barba negrísima del caudillejo; pero al oír la enumeración del barbero, se puso en pie y, apartando un colchón de pelos negros que yacía por el suelo, dijo violentamente:
—Le he dicho que no quiero porquerías; resúreme, y ya sabe: canto llano y valona antigua.
Sin chistar, el sucesor de maese Nicolás[10] cogió agua caliente con una brocha, deshizo un poco de jabón en taza de peltre, asentó una navaja en un cuero que brotaba pringue y luego hizo saltar montes de espuma entre aquella selva apretada y negrísima de pelo.
—¿Clavo? ¿Polaca? ¿Cómo dejamos el bigote?
—Túmbemelo todo, sin dejar ni rastros.
—Muy bien, señor coronel… ¿Sabe usted que la semana pasada tuvimos aquí a Larrumbide?[11]
—¿Y qué hizo ese gachupín indecente?
—Le sacó un préstamo de tres mil duros a don Jesús Romo, el de La Colmena; se jurtó a Pachita Martínez, la hija de doña Pepa Rumblares; iba a fusilar a Pedro Villa porque supo le había ayudado a su mercé a tomar la custodia y las cosas de la iglesia, y salió el lunes a buena hora, caminito de San Juan, porque supo llegaba Bueyes Pintos…[12]
—¿Y qué hizo Bueyes?
—Nada más fusiló a tres rancheros que lo habían guiado mal y se llevó lo que su merced había dejado en la capilla del Señor de la Expiración. Se fue antier porque se presentó Juan Chávez.[13]
—¿Y Chávez?
—No entró; iba camino de Aguascalientes, y anunció que volvería pronto.
—Ya puede volver… Pero ¿qué le pasa, amigo?, ¿por qué tiembla?
—Nada, señor; es que anoche gustamos de un papaquí;[14] se me pasó la mano, y ahora estoy medio trémulo.
—Hum…
Continuó la labor; pero de repente Rojas se puso en pie y, frunciendo el ceño, dijo de mal hulante:
—Usted tiene algo, bandido; no hay tal papaquí ni cosa que lo valga. Y sacando una pistola Lefaucheux[15] la apuntó al rostro del rapa-barbas.
—No, mi coronel… no, señor; yo le digo todo clamó el cuitado en el paroxismo del terror.
Pos dígalo pronto, o se va a ver a Dios.
—Sí, señor… sí, señor… que yo… pues que yo… estaba comprometido a matar a su merced, cortándole el pescuezo de un navajazo.
Miró Rojas al barbero, se rió de su cara de espanto, envainó el arma y dijo con calma:
—Si no es más que eso, siga resurándome, maistrito, que no me he de quedar con la mitad de la cara peluda y la otra sin pelo.
Continuó el trabajo; pero la mano del pobre artista, que siempre parecía de pluma, en esa ocasión era como de plomo.

Al fin, concluyó, echó una poca de agua en un trapo, y sin más complementos declaró concluido todo.
—Vaya, amigo, tenga su paga –dijo don Antonio. Y violentamente empuñó la pistola, descargó los cinco tiros sobre el barbero conspirador, metió otros cinco cartuchos en el cilindro del arma, se palpó la cara a ver si estaba bien descañonado y paso a paso, sin volverse siquiera a mirar el infeliz que daba las boqueadas en un charco de sangre, fue a encontrar a los suyos que ya acudían en su defensa.
A poco el tropel de caballos se alejó hacia la parroquia, se amortiguó hacia el rumbo del arroyo y se extinguió por el camposanto…

(SALADO Álvarez, Victoriano, "Las cartas de la locura",
Narrativa breve, edición crítico-hermenéutica, México, 
UNAM / IIFL / Universidad de Guadalajara / Colegio de Jalisco,
2012, pp. 317-322).





[1] Se conoce una versión: V. Salado Álvarez, “Una hazaña de las muchas de don Antonio Rojas”, en emi, año viii, t. ii, núm. 16 (20 de octubre de 1901), pp. [4-5]. // Este personaje histórico también aparece en “El eunuco” y “Feminismo en acción”, de este volumen.
[2] Se rasura, riza y corta el pelo, se usa agua de olor.
[3] Malek Adhel y Matilde –él, hermano de Saladino; y ella, hermana de Ricardo Corazón de León– fueron comprometidos en matrimonio como una estrategia para pactar la paz entre cristianos y musulmanes, enfrascados en ese momento en la Tercera Cruzada (finales del s. xii). Los cristianos, quienes habían perdido el control sobre Jerusalén y habían abandonado Palestina, exigieron que Malek se convirtiera al cristianismo, condición que no fue aceptada, lo cual hizo fracasar la empresa (J. F. Michaud, las cruzadas, madrid, 1831, pp. 218-219).
[4] Tardes de la granjaLes soirées de la chaumière (1794)– es una obra del escritor francés François Guillaume Ducray-Duminil. // Gallo búlique o búlico es aquél de color amarillo oscuro con manchas blancas (Francisco J. Santamaría, diccionario de mejicanismos, méjico, 2000, p. 156).
[5] Probable derivado de enjundia, por el empeño al cantar.
[6] También conocida como agua de la reina de Hungría; es un compuesto aromático elaborado con romero y cedro, al que se le atribuyeron poderes rejuvenecedores y efectos benéficos para tratar la gota y ciertas formas de parálisis.
[7] Tuétano.
[8] Receta contra la peste preparada con vinagre, ruda y yerbabuena. Se le dio este nombre porque los ladrones la usaban durante las pestes para protegerse cuando salían a delinquir (J. Antonio Alzate, gacetas de literatura, iv, puebla, 1831, p. 159).
[9] Color rojo.
[10] El barbero de El Quijote (M. de Cervantes Saavedra, don quijote de la mancha, i, cap. v, madrid, 2004, p. 58).
[11] Valeriano Larrumbide encabezó, durante el Segundo Imperio, una de las “gavillas conservadoras” o grupo de salteadores de caminos que operaban al grito de “Viva la religión y Francia”. Larrumbide, acompañado de Juan Chávez y dos mil hombres, dirigió el ataque a la ciudad de Lagos, Jalisco, en 1862, el cual fue repelido por las tropas de Antonio Rojas (Agustín Rivera, reforma y segundo imperio, unam, 1994, pp. 125-129).
[12] Sobrenombre del coronel Jesús Ramírez, bandolero que durante la Reforma solía acompañar a Juan Chávez y a Larrumbide en sus atracos y emboscadas (ibid., p. 306).
[13] El bandolero Juan Chávez, partidario del Imperio de Maximiliano, tomó por asalto en 1862 Teocaltiche al mando de mil doscientos hombres (ibid., pp. 125-129). Este personaje también aparece en “Las nalgadas”, de este volumen
[14] Del náhuatl papaquiliztli, “alegría”. En el centro y occidente de México, el papaqui designa un tipo de carnaval, así como a las diversiones, juegos y bailes típicos (Francisco J. Santamaría, op. cit., p. 801).
[15] Casimir Lefaucheux, diseñador de armas francés, creó un sistema percutor de cartuchos más rápido que el de las balas tradicionales, conocido como cartuchos de espiga.

Narraciones de Victoriano Salado Álvarez

Selección de Narrativa Breve, México: UNAM / IIFL, 2012 



"El violín"
"Picardía y filología"
"Lo que todos quieren"
"Cuento ejemplar"
"Cuando ellas quieren"

Los cuentos están en el siguiente link

Selección Diálogos y escenas de Victoriano Salado Álvarez





La selección la podrán consultar en el siguiente link:
https://www.dropbox.com/s/htckfjd0dg5nnzb/Selecci%C3%B3n%20de%20Di%C3%A1logos%20y%20escenas.pdf?dl=0


lunes, 22 de junio de 2020

Poemas, Rosario Castellanos

Ajedrez

Porque éramos amigos y, a ratos,
                                        nos amábamos;
quizá para añadir otro interés
a los muchos que ya nos obligaban
decidimos jugar juegos de inteligencia.

Pusimos un tablero enfrente de nosotros:
equitativo en piezas, en valores,
en posibilidad de movimientos.
Aprendimos las reglas, les juramos respeto
y empezó la partida.

Henos aquí hace un siglo, sentados,
meditando encarnizadamente
cómo dar el zarpazo último que aniquile
de modo inapelable y, para siempre, al otro.



Destierro



Hablábamos la lengua

de los dioses, pero era también nuestro silencio

igual al de las piedras.

Éramos el abrazo de amor en que se unían

el cielo con la tierra.



No, no estábamos solos.

Sabíamos el linaje de cada uno

y los nombres de todos.

Ay, y nos encontrábamos como las muchas ramas

de la ceiba se encuentran en el tronco.



No era como ahora

que parecemos aventadas nubes

o dispersadas hojas.

Estábamos entonces cerca, apretados, juntos.

No era como ahora.


El otro

¿Por qué decir nombres de dioses, astros
espumas de un océano invisible,
polen de los jardines más remotos?
Si nos duele la vida, si cada día llega
desgarrando la entraña, si cada noche cae
convulsa, asesinada.
Si nos duele el dolor en alguien, en un hombre
al que no conocemos, pero está
presente a todas horas y es la víctima
y el enemigo y el amor y todo
lo que nos falta para ser enteros.
Nunca digas que es tuya la tiniebla,
no te bebas de un sorbo la alegría.
Mira a tu alrededor: hay otro, siempre hay otro.
Lo que él respira es lo que a ti te asfixia,
lo que come es tu hambre.
Muere con la mitad más pura de tu muerte.


Desamor

Me vio como se mira al través de un cristal

o del aire

o de nada.



Y entonces supe:
yo no estaba allí

ni en ninguna otra parte

ni había estado nunca ni estaría.



Y fui como el que muere en la epidemia,

sin identificar,
y es arrojado

a la fosa común.

Lo cotidiano
Para el amor no hay cielo, amor, sólo este día;
Este cabello triste que se cae
Cuando te estás peinando ante el espejo.
Esos túneles largos
Que se atraviesan con jadeo y asfixia;
Las paredes sin ojos,
El hueco que resuena
De alguna voz oculta y sin sentido.

Para el amor no hay tregua, amor. La noche
Se vuelve, de pronto, respirable.
Y cuando un astro rompe sus cadenas
Y lo ves zigzaguear, loco, y perderse,
No por ello la ley suelta sus garfios.
El encuentro es a oscuras. En el beso se mezcla
El sabor de las lágrimas.
Y en el abrazo ciñes
El recuerdo de aquella orfandad, de aquella muerte.



Autoretrato

Yo soy una señora: tratamiento
arduo de conseguir, en mi caso, y más útil
para alternar con los demás que un título
extendido a mi nombre en cualquier academia.

Así, pues, luzco mi trofeo y repito:
yo soy una señora. Gorda o flaca
según las posiciones de los astros,
los ciclos glandulares
y otros fenómenos que no comprendo.

Rubia, si elijo una peluca rubia.
O morena, según la alternativa.
(En realidad, mi pelo encanece, encanece.)

Soy más o menos fea. Eso depende mucho
de la mano que aplica el maquillaje.

Mi apariencia ha cambiado a lo largo del tiempo
aunque no tanto como dice Weininger
que cambia la apariencia del genio. Soy mediocre.
Lo cual, por una parte, me exime de enemigos
y, por la otra, me da la devoción
de algún admirador y la amistad
de esos hombres que hablan por teléfono
y envían largas cartas de felicitación.
Que beben lentamente whisky sobre las rocas
y charlan de política y de literatura.

Amigas... hmmm... a veces, raras veces
y en muy pequeñas dosis.
En general, rehuyo los espejos.
Me dirían lo de siempre: que me visto muy mal
y que hago el ridículo
cuando pretendo coquetear con alguien.

Soy madre de Gabriel: ya usted sabe, ese niño
que un día se erigirá en juez inapelable
y que acaso, además, ejerza de verdugo.
Mientras tanto lo amo.

Escribo. Este poema. Y otros. Y otros.
Hablo desde una cátedra.
Colaboro en revistas de mi especialidad
y un día a la semana publico en un periódico.

Vivo enfrente del Bosque. Pero casi
nunca vuelvo los ojos para mirarlo. Y nunca
atravieso la calle que me separa de él
y paseo y respiro y acaricio
la corteza rugosa de los árboles.

Sé que es obligatorio escuchar música
pero la eludo con frecuencia. Sé
que es bueno ver pintura
pero no voy jamás a las exposiciones
ni al estreno teatral ni al cine-club.

Prefiero estar aquí, como ahora, leyendo
y, si apago la luz, pensando un rato
en musarañas y otros menesteres.

Sufro más bien por hábito, por herencia, por no
diferenciarme más de mis congéneres
que por causas concretas.

Sería feliz si yo supiera cómo.
Es decir, si me hubieran enseñado los gestos,
los parlamentos, las decoraciones.

En cambio me enseñaron a llorar. Pero el llanto
es en mí un mecanismo descompuesto
y no lloro en la cámara mortuoria
ni en la ocasión sublime ni frente a la catástrofe.

Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo

el último recibo del impuesto predial.