martes, 21 de mayo de 2019

Blanca Luz Pulido, Cerca, lejos. Antología personal (1986-2013)

Blanca Luz Pulido
Cerca, lejos. Antología personal (1986-2013)



Aquí está el link donde podrán encontrar la antología de poemas que abordaremos en clase:

http://ceape.edomex.gob.mx/sites/ceape.edomex.gob.mx/files/Cerca,%20lejos.pdf



Selección de poemas de Blanca Luz Pulido,
Cerca, lejos. Antología personal 
(1986-2013)

Elegía donde llegan pájaros y templos 
para Elsa Cross

Rumor, apenas canto.
Desde las ramas se eleva, surge                                                                  
invisible el sonido
de los pájaros —voces
que supieron desatarse de la tierra.

El alboroto, algarabía del aire
se mezcla en los relojes
despiertos del asombro
y cambia la marea de mis sentidos
en la mañana que desmiente
la opacidad
            —rumor de tinieblas—
de la noche.

El mundo
se asoma y desvanece en la memoria.
El pasado
vive en estuarios al borde del invierno
y del hastío.

Conciencia suspendida, inerme
brota de las piedras de la orilla,
atraviesa países, siglos, huellas,
encuentra y canta
la hondura, fidelidad de lo que escapa.

El amor, con sus óleos navegantes,
aromas de mirto, guirnaldas y naufragios;
el aire denso de ecos y rumores
y los templos abiertos del deseo,
revelación que el alba,
celosa de un dios que abandonamos,
posterga puntualmente cada día.

***
Memoria, arde.
Borra tus huellas,
fantasmas para nadie
si el sol no las sorprende con su incendio,
si no las graba indelebles
en la estela fugaz
                        de lo que pasa.

Dame palabras como actos,
actos como piedras,
piedras como muros,
muros para elevar un templo ubicuo y cierto
y en la cumbre levantar la hoguera
de lo que olvidé, lo que jamás fue mío,
lo que toco y se disuelve sin cesar
en la corriente de mi cuerpo hacia la vida.

Pero escucha, memoria
y eleva en estas ruinas,
en las ramas de los árboles sagrados,
nuevas voces
donde el silencio calcine sus presagios,
y en el centro del templo,
en el rayo que atraviesa la mirada,
en el sol negro, espejo de la luna,
guarda,
habitada por pájaros y fuentes,
una estatua de viento
donde pueda fundir el cristal que me atraviesa
en el fuego absoluto del instante.


Reino del agua

Cómo nombrar tu pálido reposo, tu piel delgada entre mis
manos, tu cuerpo que dilata su figura ciñendo al vaso que te
sigue. Te pienso luz, reflejo que olvida en ti su ruta, gesto que
bajo el sol desaparece, gobierno que derramas en el aire.

Cómo guardarte en la memoria, con qué voz construirte si en
tus distintos modos voy dejando fragmentos de mi imagen
tuya. Qué esfuerzo, qué distancia amarte si mis ojos no
pueden pedirte semejanza.

Dónde buscar tu reino, dónde fundar tu transparencia si corres
de mis manos, si mis ojos ignoran tus simas y su alto azul; cómo
fincar con tu materia incierta, con tu figura ingrávida, con tu
piel que dispersas por el aire.




Lector en sombra

Te imagino solo, construyendo un silencio hostil al mundo, un
espacio donde te entregas a descifrar estas líneas que quisieran
encontrarte.

Eres la causa secreta de mis pensamientos. Mi vida es sólo una
prolongación de la tuya; mis palabras aspiran a construirse ante
tus ojos, a ser dóciles sombras que lleguen a ti como el camino
a los pasos del viajero.

Si busco en mis recuerdos el agua viva que corra entre tus manos
es porque presiento que nada mío existe si no puede alcanzarte.

La penumbra cómplice te envuelve. Te escondes del mundo
para acercarte a mí, lo cambias por este laberinto porque sabes
que te nombra, que te acecha. En alguno de sus muros existe
una sentencia labrada sólo para ti.
Tú y yo buscamos lo mismo. Indagamos en los mismos cuerpos
los antiguos deslumbramientos.

Tus ojos atentos prodigan signos que me inventan, nos inventan.
Vives en cada acento, en cada trazo.

Estás en mí sin pausa, lector de silencios, lector en sombra,
inquisidor de mis tinieblas.


A un lector
Si la palabra perdida está perdida,
si la palabra agotada está agotada,
si la no dicha, nunca oída
palabra es inaudita, impronunciada…
T. S. ELIOT
Prolongación apenas de tus ojos,
me refugio discreta en el silencio
con que escuchas y miras mis palabras.

Sé que extraigo de mí penosas sombras,
que imagino secretas soledades
para fundar la vida que aquí trazo,
el umbral en espera
del súbito prodigio.

Las palabras remotas, las oscuras,
intangibles palabras que no alcanzo,
que me acechan sin voz y sin presencia;
ésas quisiera darte, las ocultas,
las que no he de vivir y ya he olvidado,
las que no encontraré,
las que ya pierdo.


Memoria del mar

1
Innombrable,
innombrado,
invisible en su desnudez siempre cambiante,
inmóvil en su perpetuo movimiento:
mar de mis ocultas tempestades,
mar de la distancia y del encuentro.

De noche, alguna vez, en algún puerto,
dormida en el rumor de tu silencio
pude mirar en sueños el recuerdo
de tus constelaciones sumergidas,
mientras mi sombra
abandonaba el ancla de este cuerpo
y ensayando su líquido linaje,
su imaginaria libertad,
era una con las rocas y la espuma.

Supo entonces
(ahora lo ha olvidado)
los secretos del abismo
que tú engendras
y conoció los reinos
que la bruma edifica y desvanece.

Ay, si mi sombra
perdida en tu misterio
hubiera entrevisto
los oscuros países que atesoras,
para inventarse otro cuerpo
y olvidar
al que dejaba dormido allá en la arena…

2
Tan breve es el oleaje de la dicha
como inasible el canto de todas las sirenas.
Perdido está mi aliento entre tus brazos
que me saben ceñir,
que vuelven, que se han ido,
que sólo he de soñar,
ausentes,
míos.

3
Navegan las ideas, nocturnas lámparas
prendidas de tus rítmicos vaivenes.
Mi vida es sólo un gesto en tu memoria,
la figura que, en vano y distraída,
una mano sembró en la tibia arena.

Esta noche quiero olvidarme y encontrarte,
ir y venir, minera de tu cuerpo,
abandonando mi nombre y mis edades,
habitante
del espejo invertido de las cosas,
detrás de tu cristal,
en el paisaje
que toda luz ignora.

4
Despierta con el sol mi piel marina,
el único recuerdo de este viaje.
El alba
no quiere saber que ya te has ido;
sigue trayendo los ecos
de imposibles gaviotas
como acentos en el cielo.

Pero sé
que estoy en la ciudad,
sin ti,
sin mar,
y que este cielo de acero suspendido
no ha de mirar
el sol que de tus playas se levanta.

Me rindo a su marea,
mientras las olas
empiezan a cubrir el horizonte.


Sueño que no es

Una idea
en busca de su forma
es capaz de aumentar
si la miro de cerca
y la dejo caer
en la tierra de mis ojos,
que buscan siempre
lo que todavía no existe.

A veces
me duele hasta los huesos
esa costumbre mía
tan amiga del aire y los fantasmas
de andar tejiendo sombras
que imagino reales
con el fulgor
de una mirada,
con casi nada,
con las flores que el azar
hace nacer y marchitarse
entre mis manos.


Silencio

Manantial del que nace
la presencia
Silencio del origen
donde la luz surge de nuevo
y la voz calla
para escuchar al mundo en su reflejo

Sólo el silencio conoce los abismos
Silencio, flor de lo invisible
que mis palabras quisieran dibujar

Pero el silencio elemental
que nos precede y cifra
el verdadero silencio del silencio
calla siempre

Los hombres
no escucharemos nunca
su secreto


Camino de palabras

Si fueras el que yo pienso,
si estas palabras construyeran con su sombra
la inminencia
de una revelación que ya he olvidado,
te pediría
que interrogaras la página
y buscaras
en el silencio de estas líneas
mi silencio.

Pero he perdido el rumbo,
ya no me busca como antes tu mirada,
y mis palabras,
errantes,
ya no distinguen
el reflejo del país de los sentidos
que no visitaremos
tú ni yo,
lector en este espejo.
u centro las estrellas. . .
La noche oculta en su centro las estrellas,
como el silencio esconde su sentido

La rama pierde
el invisible canto entre las hojas;
hay que seguirlo, adivinando
la móvil huella del ave que se escapa
que calla

Es otra tal vez
la que ahora escucho
y el verde que la rama dibujaba
ha variado su acento con el viento

La tarde es ya otra noche
el mundo se muestra
se oculta
palidece y resurge
                            renacido
No escucho al ave
pero en la rama quedó impreso su vuelo.

Y en la noche, que dibuja otro árbol,
las estrellas son notas
que derraman el eco que mis ojos escuchan en silencio


Luz de Sabines

Corazón a la intemperie,
de tan hondo,
de tan vivo,
de tan nuestro,
manos abiertas que dibujan
las sombras y la luz
y lo que no puede ser mirado.
Voz que se atreve a cantar lo más sencillo
que será siempre lo indócil, fugitivo,
como decir luna perdiéndose en el agua
imprecisa y tenaz de algún recuerdo.

Es el amor cambiándose de espejo,
los disfraces que nada disimulan,
es un ritmo de aire y de palabras
que nos sorprende y nos cambia y nos aumenta
y nos trastorna y nos vuelca y nos alegra
y nos revela otro tiempo en mitad de las heridas,
el gozo que no supimos nuestro
y ahora comprendemos y labramos,
definitivo azar en la memoria.

Es también descubrir toda la sangre
de enfermedades secretas y cautivas,
el río de muerte que yace en toda espera
que nos alumbra y a veces
nos condena.

Pero es también, también y siempre
una sed que atesoran los sentidos,
una miel de palabras confundidas,
fundidas en abrazos como frutas
que regalan a sus ojos sus aromas,
sus amores abiertos cara al sol,
entre la gente,
nunca más amor furtivo y solo,
sino torrente y avalancha y grito
y resurrección
ganada a pulso entre las sombras.


Discretos

y al filo del silencio,
en la distancia
—imperceptibles casi y de soslayo—,
se asoman los sonidos
de un instante
en la tarde secreta de un domingo
o una mañana
de inusual y sorpresiva calma.
Cerrando los ojos
—tan abiertos siempre a la luz y la certeza—
tal vez podríamos ver en esas notas
(¿una mujer que canta,
un reloj que de pronto
se detiene, un segundo que estalla
en mil astillas?)
los ecos de un tiempo que se apaga,
que no ha de entregar jamás sus dones
a los oídos que en vano
interrogan su ritmo imperceptible.
Apenas un minuto, un parpadeo
y ya se han ido,
como sueños ajenos o fragmentos
de un mundo que se aleja
o que tal vez
                 se acerca


Autoconstrucción

Cada día
a sí mismo se construye
cada minuto se piensa
en el minuto anterior y se disuelve
en el siguiente
así nosotros
nada sabemos de mañana
y en la celda del presente
que es eterna
elaboramos pasados y futuros
que nos inventan cuando por fin llegamos
al señalado día
que nunca es igual al que forjó el deseo
y sin embargo
es mejor porque en verdad existe
y al fin rescatados en su orilla
la realidad es el aire en que respira
y late el cuerpo
que ayer pensamos nuestro y hoy
es otro siempre


Disolvencias

Laten sin peso
en el silencio
La noche se disuelve en luz
Nada nos salva entonces
del rostro en el espejo
y nunca sabremos
lo que dejó en la realidad
el sueño

***

Despertar a los dones del momento
olvidando el reloj de sombras del pasado
Entre un día y otro
en medio de cualquier instante
hay un espacio sin forma ni color
ávido de imágenes
donde nada transcurre:
imaginar entonces:

Jardines errantes que nacieran
súbitamente en medio del estruendo
como gotas de verde en el desierto
Milagrosos jardines
que detuvieran de pronto los sentidos
para ver en el aire suspenderse
los mágicos baobabs así creciendo
hasta fundir sus ramas con el cielo

Amanecer entonces sin minutos
de tiempo recortado, dividido
en empeños siluetas ansiedades
en espectros ausencias multitudes
y fundar
un tiempo recobrado
                        unánime
                        indiviso

Y también de esos sueños se despierta


Los días

cada día su ansiado despertar
            su voz que nos sorprende
            su desierto

cada día su ausencia
            su temor
            su hastío
            su detenerse en la sed de la inminencia

cada día naciendo de sí mismo
            agitándose en las sombras

cada día aumentando en la mirada del que pasa
cada día promesas que duran un instante
cada día los recuerdos del fuego y la ceniza

cada día un rosario de preguntas
un temblor ya se siembra
                                    otro regresa
cada día un rencor se olvida y nacen mil
cada día presta su luz al alba
cada día es hijo y padre de otros días
que sin ningún fruto en las manos
se extinguieron

cada día una pregunta se borra
en la respuesta anterior,
                                    en la siguiente

cada día va rodando en los relojes
que llegan ciegos a cada mediodía

cada día sin querer
llega a la tarde:
cada tarde la eternidad se conmemora

aún quedan promesas, aún se puede
recoger la cosecha y cerrar en paz las puertas

cada tarde aplazamos la nostalgia
de lo que el día no nos trajo en su corriente

cada día
nuestro cuerpo se inclina y cede un poco
cada día algún secreto nos alcanza
cada día olvidamos algún día

cada día nos acerca
al día que extinguirá todos los días
al día en que volverá cada verano

ese día
podremos abandonar todo cansancio
y agradecer
el recuento y la luz de cada día

cada día es último
            y viene del principio y fin del tiempo


Gimnasia numeral

Agotados en sus cifras
números van y vienen,
tardíos, indestructibles, monocromos
para mis ojos que nunca bailaron
su danza de sumandos
y multiplicandos,
para mí siempre minuendos
en la infinita pereza de entenderlos:
saltan alegres, próximos
y ajenos, inventando un ritmo
en carnaval aritmético y eterno:
el seis con su monóculo de plata
y su pareja indisociable, el nueve:
el ocho dividido, esquizofrénico
que no perdona
al tres, sensual y explícito;
mientras el cuatro avanza a saltos
el cinco no decide su camino;
el siete se suicida con la tilde
y el uno, asténico,
se asocia al opulento cero, siempre a dieta.
El dos con su actitud de cisne
es el número más bello de esta serie,
porque es corona y cumbre de dos unos
que olvidaron por un instante la agonía
de avanzar en solitario
para unirse, de nuevo únicos, a otros
y llegar antes al mismo fin de todos,
en la escritura que dicta el punto y coma
y nos transforma en cifras que así siguen bailando
la danza en que mis ojos
ya se cierran,
cansados de esta cuenta.


A un poeta
Para Eduardo Hurtado
Caminas lentamente como viendo
una luz en el fondo de ti mismo.
A tus pies amanecen los vestigios
del mar antiguo y salobre en el asfalto.

La llave de una puerta
que se abre obstinada
en un solar vacío
es la cifra y el reino
el polvo y su heredad
reconquistados,
para tu voz que navega
el paisaje después de la tormenta.

Regresas alejándote,
vuelves como si no llegaras nunca,
te esperas a ti mismo en todas las esquinas
de una ciudad por desiertos habitada,
una ciudad de recónditas mareas
donde la noche inventa
las playas que mañana
no habrán de recordar
más que tus sueños.

Así te miro entre mareas de espejos
que atraviesan murallas de sentidos
mientras tú, ágil o cauto, gato y presa,
con el filo de la espada entre tus días,
más despierto que un ángel o un demonio
vas trazando
laberintos, ecos,
madrugadas, cetros
que derriban promesas y mandatos
y construyes tu casa
con reflejos que crean su propia ruta:
un espacio
que es de nadie y de todos,
de quien lo mire y lo ciña en la memoria,
de quien lo habite
en sus vaivenes mínimos,
en sus placeres abiertos o invisibles,
en sus amores de pródigos fantasmas.

Ya tus ojos
que miran la mirada de las cosas
y tus manos
como redes del instante
dibujan
en las paredes, los muros, las ventanas
de esta ciudad de naufragio y recomienzo
una obsesión de luz, una certeza
que empieza a advertir en la distancia
el gesto de una tregua, un altar
para los nuevos pactos
del fuego y la ceniza:
la hora y el sitio
de cada secreta resurrección.


Abrir del mundo

A las seis de la mañana, cada día, llega de una cercana avenida
de amplios camellones arbolados el rumor tumultuoso de
cientos de pájaros amanecidos. Ellos, precediendo al sol, son
el verdadero abrirse del mundo. Su algarabía anuncia que
podemos ascender del limo del sueño nocturno hacia el sueño
de la vigilia, a otra página de luz del calendario.

            Impreciso y pertinaz, el vocerío de cantos que parecen
uno solo aclara la sombra, definiendo en el cuarto, poco a poco,
los contornos de los cuerpos y las cosas. Son las seis de cualquier
día, de este universo o de otro cualquiera y ellos, unánimes y
antiguos, siguen respondiendo, con una afirmación gigante y
sabia, una pregunta que ya no escuchamos.

            Del concierto se alejan de pronto varios ejecutantes,
y llegan a algún sitio detrás de mis ventanas, a una barda
contigua o al patio, y me avisan, o así quiero creerlo, que hemos
atravesado, cada cual a su manera, el abismo de la noche, y
estamos aquí, salvos de nuevo en la playa de este día, despiertos
en la resurrección de la presencia.


La tentación del mar

Siempre es posible,
cualquier fin de semana,
ir al mar para caerse muerto
o para soñarse vivo.

El mar es el espacio de lo abierto,
donde nuestra sombra nos olvida,
donde sabemos que de pronto
puede enredarse
en las hojas de una palma
o diluirse en arena, o llenarse de sal
y no acudir al llamado
de volver con nosotros
a la vida que dejamos
para ir ese domingo al mar.

¿Por qué no, por qué no?,
parece decir el ritmo de las olas.
¿Cuándo y dónde es tu vida sino aquí?,
dice la playa, repite la marea,
cantan los cangrejos retrógrados y esas conchas
que recogemos en el mar para acordarnos
del mar en cuanto estemos de regreso.

A la vuelta
de esa calle de pueblo que nada mira sino el mar,
dejé mi sombra debajo de una piedra,
y se fue volando tras alguna costumbre de gaviota
como una más de las cosas
que los niños ofrecen a los turistas en las playas
para vivir un tiempo hurtado al tiempo.

Ahora tengo siempre que volver
a mirarme en las olas que regresan,
a cuidar
que el mar nunca se mueva de su sitio
y visitarme en él perdida y cierta
entre hamacas, collares, caracoles,
palmas, arena, gaviotas y pelícanos.


Peces del asombro
Para Gabriel Ramírez,
pintor de la absoluta luz
1
Delante de los ojos nace un mundo
detenido en colores desiguales:
nuevos peces se cruzan en el aire.

Nada es lo mismo aquí, nadie recoge
el mundo de afuera que se tiende
anónimo detrás de esa pared, callando
la inquietud y el estruendo de estas luces.

Todo está ahí, aquí,
el mismo cuadro y otro
plural y solitario, atravesando
la mirada que, al tocarlo,
deshace y funda el sentido
                                    lo dispersa
2
Cada trazo un pasado
cada pasado, fruto del presente.

(Y sólo mirando
el breve espasmo de la muerte,
el vínculo del tedio,
el desorden del polvo,
renace el misterio siempre incrédulo.)

3
Se dijo: sea la luz, y fue el escándalo
amaneciendo en llamas
como una lámpara de sombras de oro:
mundos de oscuros resplandores
de indómitos andamios circulares
de aristas inconclusas como el alba
            donde el centro
nos acecha y nos hiere en cualquier parte

4
Escribir el cuadro al borde del sol,
desde su incendio.
En medio del sudor navegar alas patas gritos,
alucinado azul en playas navegantes,
desmembrados poetas descompuestos,
espectros incómodos que el alba
deslíe en los pinceles.
Contraluz de la sorpresa
hilando el tedio febril del trópico,
sus escalas del color, sus acepciones,
sus complejas mansedumbres: los engaños
donde insectos laboriosos se acumulan
en los bordes del cuadro
                                    y lo fermentan

5
No hay tiempo que perder:
el mundo, ráfaga que vira al amarillo,
sin aire que separe a los objetos:
arriba es abajo; hoy, eternamente:
miro el cuadro y me baña su luz,
llenando de sombras la tenaz vigilia.
Soy
            ese personaje indefinido
                        de trazos confusamente verdaderos

6
Verdes como soles,
soles de piedra,
piedras flotando en un cielo
de oxidado azul.
Mirando el mundo el cuadro que me mira
me transformo en sus márgenes cambiantes:
            soy la arista, la piedra abandonada
                        la esquina donde se deshoja el verde en ocres

7
Mundos en tránsito:
revolotear de insectos,
profusión de cantáridas,
de ocultos flamboyanes,
cuchillos como voces
en la amenaza de las horas.
Paisajes que aprisionan los sentidos
huyendo velozmente de su nombre:
formas en vilo, colores insurrectos
abanderando ejércitos de insectos
que cuelgan de su telaraña roja;
por un instante ciego, descienden
por ráfagas al suelo,
se mezclan
                        se desbordan
                        se acrecientan

8
Nace el cuadro
un poco a la izquierda, más arriba,
nunca solamente
en el límite inseguro que lo alberga.

Miro en sus aguas
los extraviados peces del incendio,
los fragmentos en fuga de sí mismos,
el trueno entre las hojas, el sol verde y morado de la tarde.

Su color: historia
que ni en las noches se detiene,
sed que permanece en el instante,
fulgor de asombro
                        en medio de su propia incandescencia


Los papeles de nadie
Para Juan Manuel Roca
Tal vez algún día
guardaron mensajes importantes,
recados urgentes,
secretos.

Terminada su tarea
ni siquiera llegaron
al cesto,
ya no digamos a la celosa gaveta
del escritorio.

Se extraviaron,
desaparecieron,
alguien se deshizo de ellos.

El caos y nadie,
sus artífices,
los leen ahora.


El árbol de la esquina
Para Alicia García Bergua
Me gusta
la calma estatura de los árboles;
su manera de estar ahí
como sin proponérselo, obedeciendo
al lejano gesto de un desconocido
de sembrarlos ahí,
en ese sitio elegido para ellos
por una mano cualquiera,
o de haber nacido
de la dispersión de una semilla
llegada desde lejos,
que vino a germinar
en ese bosque,
ese jardín que, por un milagro,
se ha mantenido a salvo
de sierras y rascacielos.

Su crecimiento es lento:
no hay árbol instantáneo.
Estas líneas quisieran
perderse entre las ramas
de aquel trueno,
alzado para gobernar
la esquina de mi calle
en este atardecer de otoño.

Poemas de Pura López Colomé

Selección de poemas de Pura López Colomé



"Señora"
Ha pasado demasiado tiempo. Y no es que quiera ponerme a recordar porque sí aquellos días entrecomilladamente dorados. Aunque uno se crea merecedor del privilegio, la memoria se va escapando gota a gota. Los sentimientos se reconstruyen solos. Me querías de un modo tan perfecto; tan igual tu trato a tu olor, a tus brazos, a las excursiones por mi fisionomía cuando el sueño iba ganando o me hacía el dormido para que delinearas el perfil con una catarata de expresión que caía desde tus ojos, sólo Dios sabe dónde nacía, y formaba un delta entre tus manos de pintor. Me alzabas el pelo por la nuca para comprobar, como el primer día, que todo crece hacia la luz. En este regusto por constatar que sí, la nariz, los ojos, su color, la manera de mirar, la frente, la conformación del cráneo, me dabas a entender mucho de quien sabe en lo cierto no dudando. Yo, en cambio, palpé tu muerte un día, jugué con ella al exigir que se me diera eso también. Mi atención se detuvo en la imagen de un cuerpo abandonado en una barca, a la orilla del río. Mira, mira, te dije, hacia allá vas tú fluyendo, eres idéntica. En tu propia agua de sal se reflejaba la superficie de aquel río, su fresco líquido inmortal. Una vez soltadas las amarras, no supe arrepentirme, mucho menos consolarte.

"Agua"
1
Ha comenzado a nevar.
Copos, agua que hiere
de golpe.
Se posan candentes
sobre mis temores.
No resbalan.
Se han clavado como espinas
de una corona de oro.
Como raíces.

2

Cuántos pies han pasado por aquí
sin hollar gozo y contemplación,
un mismo tiempo:

Cuesta arriba, 
alcancé a ver los despojos del narciso.
Todo era azul.
Alenté:
no el avance, ni la cima helada
ni la calidez del cielo.
Sólo el oleaje
sin celda o libertad,
sólo el oleaje.

3
Tu población de fuego
me vio volver,
sus seres en constante movimiento,
su mensaje.
Todo se sentía disuelto
en una capa densa,
el mar aquel.

Noté que comenzaba a replegarse.
Alargué el brazo.
Mis dedos anhelaban mojarse apenas,
como en una pila antigua, 
bautismal.

4. Mar abierto

Ese mar hizo de mí
una madreperla consagrada,
una vasija llena de algo que se va
o simplemente se evapora
a ritmo propio.
Flor aguamarina,
olorosa a sal
y húmedos abrazos
entre una vida y otra,
sin orillas.

5. Mar adentro
Te vi a lo lejos, desde muy lejos,
pero no yacías en la barca,
el horizonte.
Caminabas, escondiendo
algún destino.
Tu expresión
me era inconfundible.
Tu manto de azafrán,
una urna viva.
Creí que me llamabas.
Pasé los dedos por tu piel
deseando guardarla
en la memoria.
Entre la niebla,
tus párpados temblaron
al sentirme.
Y yo también.

La rosa de los mundos giró
hasta secarse.
Ni una lágrima en sus pliegues.
En su centro fresco,
tu ojo espeluznante,
lleno, por primera vez,
de una ternura incontenible.
Acababas de morir,
aurora,
en la noche
de mi cuerpo

"Quién eres, qué"
a Barrie Cooke, el más abstracto de los
figurativos
...En este mundo camimanos
sobre el techo del infierno,
contemplando las flores...
Issa
1. El demonio
Despliega sus alas
sin orlas
sin vuelo
al caminar
al azar
al borde de unos setos
que jamás se han percibido
olido
mucho menos
cultivado,
silvestres, casi;
al descubrir
entre su fuego,
no en aquello
que Ilusión resguarda,
que en esta vida
esta única
hay que gozar,
dejarse colmar,
bañar de júbilo
y más júbilo
hasta verlo líquido;
hay que nunca
zaherir
a quien se ama
con igual candencia,
igual flama que llama
a que esas aguas
suelten
el primer hervor
ese único.
Y es tan difícil

2. Belleza, una verdad

Y se las ingenia uno
para ubicuo ser
ante umbrales

umbras

certidumbres, reciedumbres, costumbres
abiertas
a la vista.

Por ejemplo,
el decoro, las finezas,
semejantes sutilezas
en absoluto innecesarias
cual palabras que definen
el sonido del amor,

apófisis mastoides.

hueso que vibra
en catarata
cantata
del todo desasida
desencadenada
de sí misma
desbocada

del jilguero.

Por ejemplo,
lo que el hado
en virtud de otra persona
logra en uno.
Mucho más consuelo
que el dolor
o su plural:
el incurable
alivio.

3. Marca de nacimiento

Un toque del pulgar,
la luz y la distancia solas.

Un deslizamiento de las palmas:
el universo intuido
insospechado.

Sus líneas,
senderos
de Fortuna
desprovistos
de Futuro.
Y dicen, y hablan
por los tímpanos:
un paisaje en abundancia,
un ansia de buscar
un agotamiento que, de pronto,
se asome entre colinas
y revele
ese jardín
de huella en huella.

4. Ángulo multiplicado e invisible

Acaso los sueños.

Desde un fondo
color vino,
color ebria soledad,
desde sus penas fluviales
y sus vados,
emerge un ser humano
femenino y tan mortal,
tan de antemano.

Facciones.
Rasgos propios
de las lenguas
o el color.

Ocres contra blancos,
cabelleras contra pieles,
peso de la carne
contra lo ligero
de una historia personal,
intrascendente;
acuarelas que arrasan,
lágrimas sin sal.

Y aún así,
aquella historia
querría reblandecerse
al óleo;
ser cuerpo herido
en la entretela
que rasgue y elucide
este subsuelo,
este paraíso.

"Un día más, un día menos"
Cuando en las yemas tiembla la solitaria crónica,
haber recorrido ya lo recorrible,
con ganas de presentir
el punto final del viaje
en el alivio de un día menos;
o al revés,
cuando llevo cargando el hueco
como una losa a mis espaldas,
grabado en ella un poema que no es mío,
donde se habla de un transcurso
en letras de oro y de molde:
son ellas las que oprimen,
las que aprietan,
las que escaldan,
dejan sin gusto,
despojan y se posan,
como el polvo,
cerca.
Averiguo ya por qué
no cabe sustancia suculenta
en este dolor neutro,
sin tema, sin concepto,
sin siquiera.
Entonces me resisto,
tengo cara para (sin vergüenza)
dar la cara (sin valor)
a este mundo, 
y con qué cara (sin modestia)
me atrevo a desearlo.

Es ahí y así (aunque sea)
donde quiero (aunque sea)
para ofender
y para ofenderme
sobre todo
un día más.

*

Al filo de un cuchillo
que no se corta el músculo
que se propone, se impone,
se dispone a partir en dos,
a enterrarse hondo.
Sin permitirme ir
de un lado al otro,
sin presionar y sacar sangre.

Este ser que se mira
con todo y todo en el acero
que amenaza,
con rumbo a su derrumbe,
a su posteridad,
incógnito entre esferas,
incoloro entre confines,
al filo agudo del tiempo,
un mero cabello
fácil de partir
y arrojar
sin miramientos.

"Ondas opacas"
La mirada
de la sombra
fija.
La mirada
fija
de la sombra.
Clavada en la barrera,
toda pupila.
Ni rastros de silueta,
contornos, guiños.
Espacio del que nunca
se ha surgido,
oscuro huerto
de surcos tan
bien delineados,
a perfecta distancia
unos de otros.
Curvilíneos, ondulantes,
como si a caricias amorosas
estuvieran respondiendo.

Dardo puesto
en la sombra.
Ése eres para mí.

Roncabas.
Yo sufría los estragos,
deliraba. 
Tu yo, mi tú,
inapresable saltamontes,
dueño, amo y señor del mismo huerto,
de aquí para allá, mutando, emigrando
de osario a manantial,
pernoctando manzano,
amaneciendo durazno,
vagabundeando;
a ratos, útero; a ratos, vestigio:
será que perdió el juicio,
será el sereno.

De vuelto a la vigilia, 
por los lagrimales te salían cocodrilos,
caimanes, lagartos de distintas clases,
iguanas, lagartijas, cuijas.

Bajo el doblez de las sábanas,
en el frescor de sabanas,
víboras, serpientes, culebras,
que acababan de llegar por sus atajos.

La sombra mía, mientras tanto,
continuaba su conversación con lo demás.
Y tú, alerta.

Soy un portón de hojas abatibles.
Acércate. Pasa por mí.
Terminará tu sufrimiento.
Te volverás planta trepadora,
abeto enorme, siempreviva ideal,
todo natural, divino.

Y aquí viene lo mejor:
tu dialogar será de nueva especie.
¿Mal color que denota falta de salud?
¿Engaño que connota mala intención?
Despídete de los diccionarios,
únete a los invisibles
a quienes no interesa
el qué dirán,
los perplejos,
asistentes espontáneos e ignorantes,
ganadores de embrollos,
brújulas, rifles de juguete,
amor libre, palabras necias,
lo extramuros,
lo baldío.

Sombra, ánima a hurtadillas,
cada vez que se disipa
la niebla de una duda.

Sombra de sombra.

martes, 26 de marzo de 2019

"Mariana o la metáfora de la ciudad", Alfredo Barrios

Mariana o la metáfora de la ciudad

 Un escritor siempre escribe sobre sus obsesiones, ya sea porque las ama o las detesta, porque lo enajenan o lo perturban, o porque su recuerdo le traen nostalgia o rencor. Estas obsesiones van tomando formas distintas, pero al final aparecen ahí, de nueva cuenta en la obra artística. En el caso de José Emilio Pacheco, temas como la infancia, el tiempo, la ciudad, los animales, reaparecen una y otra vez en su literatura, ya sea en cuentos, novelas, poemas e incluso en ensayos; y han sido tratados desde aristas diversas. Una constante en la poética de Pacheco es la comparación, el símil, la analogía; o bien el contrapunto, lo opuesto. Así, en la obra del autor mexicano el enfrentamiento entre pares o contrarios, es recurrente, por ejemplo el mundo de los niños contra el de los adultos, o el pasado versus el presente, por mencionar sólo dos. Pero Pacheco, que no olvida su vena poética, llega a hacer también grandes comparaciones metafóricas: una común en su obra es el tiempo comparado con los ríos y con el viento, es decir con elementos que erosionan, en este caso la vida, la memoria, el recuerdo. Las ciudad también es equiparada con un ser viviente que tiene el ciclo común: nace, crece, se corrompe, y… sobrevive. “A José Emilio Pacheco le interesa notoriamente el progresivo deterioro de la ciudad de México” (Trejo, 1987: 177). Los habitantes de la ciudad son como las células de un organismo, están encargadas de nutrirlo para continuar el ciclo. Su novela Las batallas en el desierto resume su obsesión por la Ciudad de México y es comparada con una mujer: la que seduce, la qué enamora, la imposible de poseer, pero también la que sufre y es vejada. Para sus fines utiliza de nueva cuenta el personaje de un preadolescente en su contexto movedizo, donde todo cambia: su sociedad, su infancia, su familia. En este breve trabajo intentaremos constatar que Mariana, personaje cardinal del este texto de Pacheco, está asimilado con otro personaje, no menos importante: la ciudad de México de mediados del siglo XX.

           
El tópico de la infancia es uno de los más recurrentes de la narrativa de José Emilio Pacheco, ya algunos críticos como Rafael Olea, Ignacio Trejo Fuentes o Hugo J. Verani han dado cuenta de ello. En Las batallas en el desierto este tema no es únicamente volver al planteamiento de la pérdida de la inocencia, de la búsqueda del amor, de la iniciación del héroe juvenil para enfrentarse a un mundo hasta ese momento incomprendido; es además una anagnórisis, una toma de conciencia, pues Carlitos, protagonista de la novela, se ha percatado del cambio que significó dejar atrás su primera infancia, como un cambio de piel: “[Después de conocer a Mariana] pasé un fin de semana muy triste. Volví a ser niño y regresé a la plaza Ajusco a jugar solo con mis carritos” (LBD: 33). Atrás también se van quedando cientos de recuerdos, relacionados con ese otro personaje que también ha cambiado de manera radical al compás de nuestro protagonista: la ciudad de México. No sólo su geografía va mutando “los ríos (aún quedaban ríos), las montañas (se veían las montañas)” (10), sino también sus costumbres, comidas, bebidas, diversiones, se transforman a pasos vertiginosos, sobre todo para la clase media. Carlitos no es sólo un personaje con sus vicisitudes, es un personaje consciente, atento a todos esos cambios, internos y externos, atento a lo que oye decir a sus familiares, a sus profesores, a sus amigos, así como a los medios de comunicación masivos: radio y cine, en ese momento “Ya había supermercados, pero no televisión” (9). Todos los sentidos del protagonista están alertas, habla de lo que ve, lo que oye, lo que siente, lo que huele, lo que toca. Para Pacheco, lo importante es “la creación del ambiente, es la presentación de un modo de ser y de sentir” (Bockus, 1987: 133). Todo es una experiencia nueva para el preadolescente, en ese sentido todo es una experiencia erótica, de pulsiones de vida.
       Por otro lado, Carlos es desconfiado, no confía en nadie y acusa a su madre de eso, pues a ella nunca le gustan sus amigos. Pero él mismo desconfía y cuando se hace amigo de Jim -sólo por casualidad- no es porque haya creado un verdadero lazo de amistad con él. Lo que le interesa al protagonista es seguir conociendo, descubriendo, indagando sobre todas las novedades que hay en su mundo: desde los juguetes extranjeros, hasta los nuevos platillos, junto con sus electrodomésticos. Mariana le pedirá que confíe en ella (LBD: 37), y de nueva cuenta su confianza será traicionada cuando ella confiesa que Carlitos había estado con ella, lo cual desata el drama del relato. Mariana se vuelve sospechosa ante el mundo, igual que la ciudad de México “Estábamos en la maldita ciudad de México. Lugar infame, Sodoma y Gomorra en espera de la lluvia de fuego, infierno donde sucedían cosas nunca vistas” (50).
Pacheco ha armado una novela corta de manera magistral, pues el encuentro con Mariana se retrasa hasta el capítulo quinto, entonces, ¿para qué sirve todo ese “largo” preámbulo? Lo que sucede es que todo está relacionado con Mariana, todo ese preludio, es el escenario, el contexto de ese despertar erótico, y ese erotismo está sumamente relacionado con ese contacto con la ciudad. Pero, hay que advertir que la ciudad de Carlitos se reduce a unas cuantas colonias del centro del Distrito Federal, es decir, sólo una parte de su obnubilada mirada, y aunque es crítico, su mundo sigue siendo muy reducido. La ciudad se divide en dos: la parte que conoce, la que le es familiar y en la que se siente protegido. La otra es una ciudad que le teme, pero también le atrae. “El miedo de estar cerca de Romita. El miedo de pasar en tranvía por el puente de avenida Coyoacán” (14). Del mismo modo su percepción respecto de Mariana es bastante limitada. Mariana nunca dejará de ser una mujer etérea, la que ve en las fotografías, sabe de ella, pero no la conoce, es más, “al parecer [Jim también] ignoraba su propia historia” (34).
   En la novela Pacheco hace comparaciones todo el tiempo, compara la percepción de los niños con la de los adultos. “El enfrentamiento de Carlitos con los mayores y sus normas, en un ambiente de oposiciones internas, se convierte en una serie de batallas emocionales en el desierto moral de la sociedad mexicana del medio siglo” (Verani, 1987: 236). Compara la ciudad, el pasado cambiante, su entorno social, habla de falsa igualdad, que se convierte en una hipocresía social, pues por un lado su maestro afirma: “Ustedes nacieron aquí. Son tan mexicanos como sus compañeros” (13); mientras por su parte su padre “dijo que en México todos éramos indios aun sin saberlo ni quererlo” (24). Sin embargo, luego de que se descubre la visita a casa de Mariana que su madre lo recrimina: “¿cuándo has visto malos ejemplos” (41), cuando su padre tiene dos casas, el mayor hermano es un holgazán y lujurioso, y su hermana sale con un borracho. Carlitos entonces se atreve a confesarse a sí mismo: “Todos somos hipócritas” (41).
La mirada narrativa también compara a la ciudad con la mujer amada, a ambas las observa, pero sólo ve una parte de ellas y las juzga desde ahí, sin importar las habladurías entorno a ellas por otras personas: la primera vez que se habla de Mariana en la novela, los compañeros de Carlitos la llaman “la querida de ese tipo” (LBD: 19). Carlitos la defiende sin conocerla, por dos razones: por su amigo, y porque es madre y la compara con su propia madre. El personaje tiene una imagen idílica de la madre. Pero enseguida conocerá a Mariana y dará su verdadera primera impresión: “tan joven, tan elegante y sobretodo tan hermosa” (27-28), con la que se quedará para siempre el niño. El que Jim le llame Mariana en lugar de mamá, da la ilusión de ser alcanzable por niño. El nombre de pila los pone en horizontaliza las circunstancias, pero sólo en apariencia, en realidad, tanto Carlos como Mariana reconocen ilusión.

La ciudad de Las batallas en el desierto cambia y con ella sus personajes, el día que conoce Carlitos a Mariana, la colonia Roma, tan familiar para él, le parece misteriosa: “La ciudad en penumbra, misteriosa colonia Roma de entonces” (30). Por otro lado, cuando Carlitos habla de Mariana, sus descripciones son tan sensoriales como las que había hecho en los capítulos anteriores, referentes a la ciudad antigua: habla de ellas con admiración, sintiéndolas con todos sus sentidos “Al fin abrió Mariana: fresca hermosísima, sin maquillaje. Llevaba un kimono de seda. […] por un segundo se el Kimono se entreabrió levemente. Las rodillas, los muslos, los senos, el vientre plano, el misterioso sexo escondido. […] Me tomó la mano (nunca voy a olvidar que me tomó la mano)[…] Me dio un beso, un beso rápido, no exactamente en los labios sino en las comisuras. […] Me estremecí” (LBD: 36-39).
Después de la declaración amorosa, hay un quiebre del idilio imaginario del niño. “Voy a guardar intacto el recuerdo de este instante porque todo lo que existe ahora, nunca volverá a ser igual” (31). Ese despertar erótico se ve trastocado por su contraparte, el tánatos, o pulsiones de muerte. La lucha eros/tánatos o instintos de vida y muerte constituyen “regularmente mezclas y alienaciones; pero también disociaciones de los mismos. La vida constituiría en las manifestaciones del conflicto o de la interferencia de ambas clases de instintos, venciendo los de destrucción con la muerte y los de la vida con la reproducción” (Freud, 1986: 53-54). El personaje finalmente advierte que los cambios serán definitivos, por ejemplo, los nombres antiguos de las calles se perderán para siempre: “La calzada de la Piedad, todavía no llamada avenida Cuauhtémoc” (LBD: 14). Mariana empezará a convertirse en un fantasma, una ilusión para el personaje en el amplio sentido, ilusión amorosa, pero también abstracción. Hay prefiguraciones de muerte en el texto cuando Carlitos habla de Esteban y lo ve como un fantasma, de la misma manera verá la historia que nos está contando. Es el primer vestigio de la posible inexistencia, no sólo de Mariana, si no de todo el relato. La frase con la que empieza la novela, que el lector imagina como una factible perdida de memoria por el adulto, casi viejo, que esta contando la historia, la frase anafórica “Me acuerdo, no me acuerdo” (9) pasa a convertirse de una forma retórica a una leyenda, una plausible invención de la voz narrativa, añoranza de esa época perdida, desvanecida (67). El lector cae en la incertidumbre, todo lo que parecía claro, verosímil, ahora es nebuloso, “se cuestionan las ‘verdades’ que sustentan el texto y se pasa sutilmente, de la historia social a la invención de una realidad” (Verani, 1987: 244). La insistencia de la voz narrativa, ese Carlos adulto, enfatiza cada vez más una mentira o alucinación. “Pero existió Mariana, existió Jim, existió cuanto me he repetido” (LBD: 67), una invención que se ha ido adaptando cada vez mejor a los recuerdos del narrador, que no dice existió todo lo que he contado, sino todo lo que me he repetido; es decir, la historia que nos cuenta es un relato prefabricado en su mente que busca desesperadamente ser verdad. “El crecimiento de la ciudad afecta no sólo en el aspecto físico a quienes tienen que enfrentarse cotidianamente a ella, sino que provoca daños mucho mayores […] que trascienden hasta convertirse en serios conflictos existenciales” (Trejo, 1987: 178). La incertidumbre del narrador al final del relato, le da a Las batallas en el desierto un toque misterioso, lo convierte en un relato fantástico, de misterio, porque al final Mariana desaparece, pero no sólo ella, sino todos los involucrados en el relato, incluso desaparece la aquella ciudad.
La insertidumbre en la que se envuelve al lector nace de que la historia tiene una base contextual real, histórica, hay una serie de indicios de índole variada que comprometen su credibilidad: datos biográficos (de personajes públicos); geográficos (ríos, calles, avenidas); marcas de productos comerciales que aún hoy existen (vehículos, golosinas, bebidas); así como cambios registrados en cine y radio; sin contar los recuerdos sobre la cotidianidad de gente conocida ­—abuelos y/o familiares nuestros—­ que vivieron en aquella época. Por ejemplo, después de su declaración amorosa Carlitos camina hasta Insurgentes (LBD: 39). La ciudad con su mirada invisible acompaña a nuestro protagonista y el narrador nos señala calles, avenidas, colonias que siguen existiendo, que comparten el recuerdo de la ciudad vieja. Otro ejemplo, el encuentro final entre Rosales, como mensajero de la muerte, y Carlitos, se realiza precisamente en la esquina de Insurgentes y Álvaro Obregón (58), donde convergen la ciudad antigua y la actual, la ciudad fantasma y la real.
Pacheco trabaja su novela en forma de crónica citadina de mediados del siglo XX, pero en la parte final, rompe con ese paradigma, para enturbiar una historia que había sido clara hasta el momento en que Rosales relata la presunta muerte de Mariana y con ello, obliga al lector a cuestionar cada uno de los recuerdos del personaje infantil.

Rosales le cuenta a Carlitos varias versiones plausibles de la muerte de Mariana “se tomó un frasco de Nembutal, o se cortó las venas con una hoja de afeitar, o se pegó un tiro, o hizo todo esto junto” (62). De aquí en adelante se cuestionan todas las “verdades” que sustentan el texto (Verani, 1987b:244)

El desasociego en que el narrador de Pacheco inserta al lector, es similar a la que fabula uno de sus maestros literarios: Henry James en su novela corta Otra vuelta de tuerca. Ésta también una historia ambigua que involucra una relación erótica entre sus protagonistas (niños) y la joven institutriz. La historia de James es ambigua en varios aspectos, no queda claro si los fantasmas son reales o sólo son producto de la imaginación de sus personajes, sobretodo de la institutriz, y no hay manera de saberlo. Esta ambivalencia se percibe a través de una serie de tópicos ominosos a lo largo de la narración, es decir, de elementos que atemorizan dentro de una normalidad conocida. Esto nos remite a la otra cuestión y se descubre el mecanismo ominoso: “los siniestro no sería realmente nada nuevo, sino más bien, algo que siempre fue familiar a la vida psíquica y que sólo se tornó extraño mediante el proceso de su represión” (Olea, 2004: 53). Lo ominoso en Las batallas en el desierto no está en el relato infantil, sino en su comparación con la época actual, es decir la cotidianidad de la voz narrativa adulta: esas calles aun existentes, las marcas comerciales, las personas, la historia, siguen ahí, enturbiando los recuerdo, trayendo a los fantasmas invisibles, añorando la infancia perdida. La misma voz narrativa, se convierte en los rumores de un fantasma. Lo paradógico es que Mariana sobrevive porque quedan vestigios de esa ciudad: avenidas, calles, marcas, comida, películas, memoria.

Como hemos visto, en Las batallas en el desierto José Emilio Pacheco conjunta una serie de obsesiones que lo han perseguido a lo largo de su carrera literaria mediante una narración hábil y punzante. El narrador logra que la voz infantil se confunda con la voz madura, igual que ocurre con los sentimientos del personaje por la ciudad y por la mujer que “ama”. Por otro lado, el tiempo y la evolución  de la misma ciudad, trastrocan la pureza de los recuerdo y consigue también confundir lo real de lo ficcional. Carlitos mismo empieza ese proceso de añoranza y distorsión incluso antes del desenlace, cuando lo sacan de la escuela, pero no se olvida del mundo antiguo: la escuela, las batallas en el desierto, así como de Mariana. Su vida familiar cambia, y parece que ha alcanzado la madurez, pero el encuentro con su excompañero lo sitúa de nueva cuenta en un terreno movedizo, fantasmagórico, donde todo ha desaparecido.  Y la realidad sigue difuminándose con cada día. Finalmente, como el fantasma de “Mariana [que] también fue niña, también tuvo mi edad, también sería una mujer como mi madre y después una anciana como mi abuela” (LBD: 35), la ciudad será vista desde estas mismas perspectivas: la ciudad joven, la moderna, la vieja; pero nunca muertas. La novela concluye con un final esperanzador: “si viviera tendría sesenta años” (68).

Alfredo Barrios


BIBLIOGRAFÍA
BOKUS APONTE, Bárbara. 1987. “José Emilio Pacheco, cuentista”, en Hugo J. Verani, José Emilio Pacheco ante la crítica, México, UAM, pp. 133-152.
OLEA FRANCO, Rafael. 2004. En el reino fantástico de los aparecidos. Roa Bárcena, Fuentes y Pacheco, México, El Colegio de México.
PACHECO, José Emilio. 1997. Las batallas en el desierto, 1ª ed. 13ª reimpresión, México, Era.
TREJO FUENTES, Ignacio. 1987. “La narrativa de José Emilio Pacheco: Nostalgia por la infancia y la ciudad gozable”, en Hugo J. Verani, José Emilio Pacheco ante la crítica, México, UAM, pp. 173-182.
VERANI, Hugo J. 1987a. José Emilio Pacheco ante la crítica, México, UAM (Col. De Cultura Universitaria, Serie Ensayo, 33).
------. 1987b. “Disonancia y desmitificación en Las batallas en el desierto”, en Hugo J. Verani, José Emilio Pacheco ante la crítica, México, UAM, pp. 231-246.