viernes, 17 de agosto de 2018

"Identificación", Alberto Vital

Identificación

La primera y más universal tarea del nombre propio consiste en identificar de modo claro y distinto a una persona en el mundo fáctico o a un personaje en el mundo de la creación estética. Gracias al nombre propio, una persona adquiere continuidad jurídica y social, ya que no biológica (pues la continuidad biológica se adquiere y preserva por el simple hecho de respirar). Gracias al nombre propio, un personaje adquiere continuidad textual y es fácilmente identificable cada vez que aparece.
Una regla de oro de la onomástica, tanto general como literaria, afirma que a cada persona o personaje le corresponde un nombre único e inconfundible. Esta regla tiende a cumplirse en un alto número de los casos, tanto en la vida diaria como en los textos literarios. Las excepciones son susceptibles de arreglo en dicha vida y de explotación artística en dicho mundo.
En otros términos, la identificación implica la univocidad o por lo menos tiende fuertemente hacia ella, tanto en la vida fáctica como en el mundo interno del texto: un nombre = un sujeto; un sujeto = un nombre. Si muchas personas se llaman igual, el discurso y el contexto restauran la univocidad: cuando hay peligro de a cuál de ellas nos referimos en cada caso concreto, añadimos el segundo apellido o alguna marca lingüística o contextual a fin de restablecer la univocidad, entendida aquí como la relación uno a uno entre nombre o signo lingüístico y objeto o persona.[1]
A partir de lo anterior, es dable afirmar que el sustantivo propio es intenso, no extenso, mientras que el sustantivo común es más extenso que intenso, sin dejar de ser esto último.[2]
Con base en el triángulo de Karl Bühler en su Sprachtheorie, de 1934, Lamping señala tres funciones primordiales del nombre:

1.      Identificadora y expresiva.
2.      Representativa.
3.      Apelativa.

La función identificadora consiste en establecer y fijar una marca distintiva y perdurable de la persona o del personaje frente al otro, frente a los otros. El aspecto expresivo de dicha función se refiere a que el nombre no sólo nos identifica, sino que también pone de manifiesto rasgos voluntarios o involuntarios de nuestra personalidad (o de la personalidad de una criatura de ficción) a la vista de los demás: inevitablemente (remata el especialista de lengua alemana) el nombre dice algo de nosotros, dice algo por nosotros y a veces incluso dice algo en contra o a favor de nosotros. El presente libro aportará demostraciones de la importancia del aspecto expresivo del nombre. 
La función representativa consiste en ser la denominación que distingue a un sujeto. Nuestro nombre es nuestro representante. Cuando no estamos, nuestro nombre actúa en nuestro lugar allí donde se hace necesario hablar de nosotros y traernos a cuenta aunque estemos en otra parte: somos el referente de la conversación. El nombre propio es lo bastante estable para que dicha representación se realice con toda normalidad y fluidez. Los creadores, que aprovechan los resquicios de la realidad y del lenguaje, también aprovechan los resquicios de la función representativa del nombre (y de la expresiva y de la apelativa), por ejemplo cuando se rompe la regla de oro, y un solo nombre es susceptible de aplicarse a más de una persona o bien una sola persona por alguna razón insólita posee dos nombres completos, y alguien la conoce por uno de los dos y alguien más la conoce por el otro.
La función apelativa se refiere a la posibilidad que tiene el nombre de servir de palabra clave para llamar a la persona en cuestión y para que ella se sienta aludida e impelida a responder. Esta tarea de la función apelativa es susceptible de ampliarse hasta alcanzar un principio más amplio, de algún modo sugerido ya por Roland Barthes en s/z: el nombre propio ya de por sí llama, atrae, apela, se separa visualmente del resto del discurso así sea por las mayúsculas y por la ya referida intensidad intrínseca.
Ahora bien, ni el nombre propio posee el control absoluto de la identificación de la persona o del personaje ni la identificación es la única tarea del nombre propio, por más que normalmente sea la más relevante y la más inmediata y perceptible: tanto una persona como un personaje son susceptibles de identificarse con mecanismos lingüísticos o pragmáticos que van más allá o están más acá del nombre.
En una importante suma de nuestras acciones públicas, nos identificamos con nuestra sola presencia y no necesitamos decir ni escuchar ningún nombre, como cuando compramos un refrigerio o tomamos un taxi: la identificación se reduce al mínimo o incluso desaparece como manifestación verbal explícita, clara y distinta, ya que no es indispensable. En esos casos nos identificamos con la pura presencia corporal y por el hecho de que manifestemos la intención y la realicemos: comprar un refrigerio, abordar un taxi. Lo mismo puede suceder con el personaje. Por ejemplo, un narrador en primera persona no necesita decir su propio nombre para ser identificado por el lector: le basta su función como narrador. Esto ocurre con la voz en primera persona de La Navidad en las montañas, de Ignacio Manuel Altamirano, y ocurre con una muy alta cantidad de las intervenciones de Juan Preciado en Pedro Páramo, a quien se le identifica tardíamente en la novela, luego de que ha sido el narrador en primera persona por un largo lapso. Del narrador en La Navidad en las montañas nunca se sabe el nombre (sólo nos enteramos de que es un capitán del ejército mexicano) y aun así nunca se corre el riesgo de no saber que él es quien habla y quien actúa cuando lo hace.
Se cuenta entonces, de modo esquemático, con las siguientes posibilidades para identificar al personaje

1.      o bien mediante un nombre propio,
2.      o bien mediante un pronombre,
3.      o bien mediante su papel en la narración (narrador o narratario; en lengua española puede existir un texto en que el narrador en primera persona nunca use ni el yo para referirse a sí mismo ni el para dirigirse al destinatario de su narración o narratario; por lo tanto, el lector lo identificará sólo por su papel; en un monólogo de principio a fin es posible que nunca aparezca el nombre del autor del monólogo),
4.      o bien mediante el rol familiar, el rol social, el apodo, el lema.

En la lírica, más en la narrativa o en el teatro, se dan numerosos casos de textos que no incluyen un solo nombre, y aun así no hay dudas acerca de la identificación. Más aún, puede ocurrir que el tema del texto sea precisamente el nombre propio y, a pesar de ello, no aparezca un solo nombre propio. Esto ocurre con el poema inaugural de la lírica de Octavio Paz, un autor muy sensible a los nombres y a las fisuras de la identificación y de la identidad:

Tu nombre

Nace de mí, de mi sombra,
amanece por mi piel,
alba de luz somnolienta.

Paloma brava tu nombre,
tímida sobre mi hombro.[3]

Lamping señala que el pronombre tiene dos desventajas con respecto al nombre: es un deíctico, esto es, depende de cada contexto específico; y es frío y neutro si se lo compara con el nombre, por ello mismo tiene menos pregnancia que este último.[4] El poeta da aquí un ejemplo de cómo se superan estos defectos así sea por lo pronto en un texto breve: la intensidad del sentimiento amoroso compensa y sustituye la falta de intensidad del pronombre (el pronombre es extenso como el sustantivo común y además es contextual: depende de cada contexto; no posee carga semántica en sí). En extensas narraciones de Henry James y de Sergio Pitol es común que el protagonista se identifique durante largo rato o durante todo el texto sólo mediante el pronombre, y eso aumenta notoriamente el grado de dificultad del texto, así como el distanciamiento del autor implícito y del lector asimismo implícito con respecto al personaje. La dificultad de la poesía de Jorge Cuesta se cifra asimismo, más de una vez, en el uso de pronombres o adjetivos posesivos en vez de nombres, con el agravante de que el adjetivo su, tan recurrente en él, tiene varios usos y referentes en español. 
En el caso de que se produzca una identificación con el nombre propio, se tendrán las siguientes opciones:

1.1. Nombre de pila solo.
1.2. Apellido solo.
1.3. Nombre de pila y apellido.
1.4. Hipocorístico.
1.5. Inicial de nombre de pila.
1.6. Inicial de apellido.
1.7. Inicial de nombre de pila y apellido.
1.8. Combinación de dos o más de las anteriores.

Cada una de estas posibilidades tiene su propia historia (sus momentos de auge, sus años de olvido) en la historia de la literatura. Por ejemplo, la 1.6 y la 1.7 se hicieron famosas en el mundo a partir de la recepción de la obra de Franz Kafka, y es así como José Emilio Pacheco denomina eme a un protagonista de Morirás lejos.[5]
Más adelante se advertirá que el punto 1.3 corresponde a los nombres de dos términos, diferentes a los de un término (1.1 y 1.2) en cuanto se refiere a la pertenencia y filiación del personaje (lo mismo que de la persona).

La identificación también se produce, sí, mediante un rol familiar (papá, mamá) o uno social (la Regenta, el capitán) o mediante el apodo (el Zarco) o el lema o epíteto (el Caballero de la Triste Figura).
Resultará siempre interesante para el análisis del texto literario verificar y estudiar la forma y el momento en que se realiza la identificación del personaje. Al pasaje respectivo se le denomina frase de identificación: es aquel segmento en el cual un personaje se liga a un nombre propio de un modo que tiende a ser definitivo. En el capítulo sobre perspectiva se revisarán los cambios de sentido y de enfoque derivados de las mutaciones en el nombre propio a lo largo del texto. Aquí basta señalar que las dos listas presentadas arriba son susceptibles de combinarse y alternarse, y cada combinación y cada alternancia y mutación tienen un sentido que habrá de extraerse del respectivo pasaje.
En Doktor Faustus el narrador se presenta desde un principio: “Mein Name ist Dr. Phil. Serenus Zeitblom”. [“Mi nombre es doctor Serenus Zeitblom.]” Estamos aquí ante una identificación no sólo inmediata, sino clara y distinta. Este tipo de identificación en una frase muy temprana y bien delimitada es un ejemplo óptimo de la importancia concedida por el autor implícito y por el propio personaje a la tarea o incluso al deber de identificarse pronto e inequívocamente. Estamos ante un autor implícito y ante un personaje con alto nivel de colaboración al respecto. Y puesto que la identificación de personajes es una de las armas del autor para hacer más fácilmente accesible el texto, estamos aquí ante una estrategia de facilitación.
Una estrategia de este tipo contribuye a fortalecer la garantía de que funciona el triángulo comunicativo entre autor implícito, lector implícito y personaje. En el capítulo sobre acentuación del nombre se verán distintas estrategias posibles para que el autor llame la atención hacia el nombre. Una de ellas consiste en colocarlo en el título: Antígona, Hamlet, Ana Karenina, Pedro Páramo. Otra manera consiste en una estrategia de dificultad, opuesta a la anterior: Juan Preciado es identificado porque narra en primera persona, pero su nombre propio aparece mucho más adelante.
La identificación, por cierto, debe continuar más allá de la frase de identificación. Entonces llegan a bastar el pronombre o el papel del personaje como narrador en primera persona, si el autor no tiene el propósito de problematizar la identificación de ese personaje.
Una primera identificación como la de Serenus Zeitblom abre la posibilidad de que el personaje quede ya identificado durante el resto de la narración, a menos que se problematice:

1) o bien el nombre (¿el personaje de veras se llamaba así?; en este caso, es muy fuerte el personaje, mientras que el nombre se debilita),
2) o bien la relación entre el nombre y el personaje (¿era él quien se llamaba así?; en este caso, es muy fuerte el nombre, mientras que el personaje se debilita).

En José Trigo, de Fernando del Paso, el nombre es muy fuerte (lo es tanto que da título a la novela entera), mientras que la relación entre él y el personaje es tan débil y problemática que incluso la debilidad del vínculo se vuelve uno de los temas cruciales del texto.
La fuerza potencial del nombre como identificador es tan grande que no sólo sirve para reconocer a un personaje cada vez que aparece en un texto, sino que le sirve al personaje como su representante cuando éste salta del texto y es mencionado en enunciados de académicos o de lectores e incluso público en general, más allá de la literatura, como les ocurre a criaturas que trascienden el papel, como Odiseo, Hamlet, don Juan, Madame Bovary y don Quijote. Más aún, esa fuerza identificadora del nombre permite que un personaje sea reconocido en un conjunto de textos literarios: el novelista norteamericano J. D. Salinger diseminó la narración de la vida de la familia Glass en un cuento y dos libros. La trágica historia del primogénito, quien muere en un suicidio aparentemente absurdo, se deja seguir sólo gracias a que su nombre, Seymour Glass (a veces sólo S. o Seymour), aparece en momentos cruciales de ese cuento y de esos dos libros.[6]
¿Qué tipo de discurso, qué tipo de género problematiza el nombre? El discurso penal lo hace cuando en las actas ministeriales se asienta que o bien el nombre es presunto para una persona o bien la persona es presunta portadora de tal o cual nombre.[7] El discurso histórico llega asimismo a establecer conjeturas onomásticas que son reflejo de una zona de indefinición. El Quijote, que en aras de la verosimilitud se ampara o finge ampararse en recursos del discurso historiográfico, comienza con una ficcionalización de dicho discurso precisamente por medio de una conjetura sobre los nombres:

Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben, aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quijana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración de él no se salga un punto de la verdad.[8]

Lamping observa que el concepto de identidad ha de entenderse en un sentido técnico, hasta cierto punto exterior: no como esencia (núcleo de la personalidad, yo, entelequia), sino como recurrencia.[9] Sin embargo, este principio general llega a romperse tanto en el mundo de la vida como en el mundo del texto: la persona y el personaje pueden adoptar distintos grados de compenetración con su nombre, hasta ligarlo a su destino: la mera identificación es susceptible de convertirse en identidad profunda. A la vez, la identificación es en efecto muchas veces sólo una recurrencia técnica, esto es, oportuna, práctica, funcional, y puede no tener nada que ver con la identidad profunda de la persona, como cuando en “La autopista del Sur”, de Julio Cortázar, los personajes terminan siendo identificados por su auto, y es así como tenemos a la Peugeot 404. Desde luego, el cuento podría estar insinuando que nuestra identidad acaso se relaciona con nuestros objetos, y en ese caso la Peugeot 404 efectivamente merece llamarse así, más allá de la identificación pasajera en medio del prolongadísimo caos vial.
La identificación es, en resumen, un posible puente hacia la identidad. Y la identidad, históricamente, conduce a la individualización. Resulta significativo que quien, como los nazis, desea destruir el carácter individual, inconfundible, irreversible, de una persona, daña su identidad alterando o anulando su habitual identificación gracias a un nombre propio. Los personajes con identificación nominal precaria podrían ser personajes con una específica crisis de identidad propia o de aceptación de esa identidad por parte de los demás.
El nombre propio, en fin, individualiza. Interviene en el complejo proceso de individualización del sujeto. Desde la filosofía clásica griega, el tema del nombre se ha ligado con el debate filosófico acerca de los universales y los individuales. La individualización se enlaza a su vez con una serie de atributos o propiedades de la persona, como los siguientes elementos, que contribuyen a la individualización y a la identificación e identidad de la persona y del personaje:

1.      Acciones.
2.      Intenciones.
3.      Sensaciones.
4.      Pensamientos.
5.      Sentimientos.
6.      Percepciones.
7.      Recuerdos.[10]


Y es así como el nombre propio es siempre un nodo, un eje, un gozne, un anzuelo y un gancho del cual se cuelgan diversas descripciones. En el subcapítulo “Los nombres propios” de Los actos de habla, John Searle apunta que

the uniqueness and immense pragmatic convenience of proper names in our language lies precisely in the fact that they enable us to refer publicly to objects without being forced to raise issues and come to an agreement as to which descriptive characteristics exactly constitute the identity of the object. They function not as descriptions, but as pegs on which to hang descriptions. Thus the looseness of the criteria for proper names is a necessary condition for isolating the referring function from the describing function of language.[11]

 

Ha de añadirse una variación que un filósofo del lenguaje como Searle quizá nunca podría ver, pero que un escritor y un estudioso de la literatura y de la comunicación diaria ven con mucha facilidad: los apodos se acercan más a la función descriptiva que los nombres propios. Más aún, los apodos dejan definirse como nombres ya no sólo en tanto que recurrencias o constantes técnicas para identificar funcional y oportunamente a una persona o a un personaje, sino como descripciones así sea parciales, pero certeras, de una o de otro.[12] Por añadidura, los apodos pueden llegar a convertirse en nombres propios, como ocurre con Cicerón y en general con el hábito latino de añadir al nombre propio un elemento descriptivo de lo físico o lo moral de la persona.[13]
Todos aquellos elementos de individualización, aglutinados y coordinados por el nombre, garantizan movimiento en el espacio fáctico o ficticio y cambios en un tiempo fáctico o ficticio (una historia). En otros términos, gracias a un elemento muy estable (el nombre), la persona y el personaje pueden moverse de un lado a otro y pueden cambiar de una etapa de su vida a otra.
La desestabilización del nombre o de la nominalización, como ocurre en José Trigo, desequilibra automáticamente el proceso de individualización en tanto construcción de una individualidad. Del Paso desestabiliza el nombre de dos maneras: 1) preguntando si aquel hombre fue realmente José Trigo y 2) provocando dudas en el lector cuando se abre la posibilidad de que no se cumpla la rutinaria identificación mediante el nombre.
De ese modo, la nominalización estable en la vida fáctica y en el texto vincula —así sea siempre de manera dinámica, flexible y aun problemática— tres funciones fundamentales: 1) identificación, 2) nominalización y 3) individualización.
Dos variantes importantes de desestabilización del nombre y de la relación de éste con el personaje son 1) el hecho de que dos personas usen el mismo nombre (Guermantes), lo que da lugar a equívocos como los que se presentan en el ciclo novelístico de Marcel Proust, así como a reflexiones acerca de la percepción y su fragilidad (o incluso a la muerte del poeta Cinna en Julio César de Shakespeare porque la masa lo confunde con el conspirador Cinna), y 2) el hecho de que una misma persona use dos nombres (Namenveränderung): las monjas y el papa en la vida fáctica, los guerrilleros en El cumpleaños de Juan Ángel, de Mario Benedetti, como ejemplo en la vida literaria: el seudónimo y el heterónimo son alteraciones importantes de la regla de oro de una persona = un nombre.[14] Dicho de otro modo, estos dos fenómenos restringen el alcance de la regla básica, consistente en la intensa univocidad del nombre: un nombre propio = una persona.
Por otra parte, el autor literario está en condiciones de aprovechar la identidad ya existente de tres tipos de figuras:

1.      la histórica,
2.      la mítica,
3.      la literaria.

Una figura histórica, apunta Lamping, puede aparecer en una novela como lo hace Napoleón en textos de Teodoro Fontane (también, antes, lo hace en los de Stendhal y León Tolstoi).[15] La estabilidad y la intensidad del nombre propio de una figura histórica son tan grandes que ayudan a que la novela avance en la construcción de la ilusión de realidad o verosimilitud. Aquí son susceptibles de añadirse los nombres míticos y los nombres literarios, sobre todo en una época fuertemente marcada por la intertextualidad: la minificción es hoy un género que basa una parte de su poder de concentración o condensación en la constante recurrencia a nombres míticos (Odiseo, Penélope) o literarios (el Quijote, Dulcinea), pues estos nombres y otros de su mismo tipo ya son en sí narrativas condensadas y son hitos culturales y por esto mismo son susceptibles de experimentar variaciones muchas veces lúdicas o irónicas, sin que el lector se confunda y sin que pierda de vista la intertextualidad.
Alberto Vital




[1] En “¡Diles que no me maten!”, de Juan Rulfo, Juvencio Nava apela a la posibilidad de que exista otro Juvencio Nava (un homónimo suyo) como una estrategia in extremis para salvar la vida: “Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna espranza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él”, El Llano en llamas, p. 202. El personaje pretende desprenderse del nombre que ha portado durante más de sesenta años para de esa manera alejar de sí el castigo inminente por el crimen que cometió 35 años atrás. A diferencia de la inmensa mayoría de los hablantes de carne y hueso y de los personajes, Juvencio Nava quisiera que hubiera un equívoco en la relación uno a uno (regla de oro) entre nombre y ente o ser (persona o personaje). Su estrategia es fallida porque muchos otros elementos lo inculpan, e incluso el nombre Juvencio Nava no es uno de esos que pudieran causar confusión, como Juan Pérez, por ejemplo.
[2] Cuando un nombre propio se generaliza por la moda o por otra circunstancia, pierde en intensidad lo que gana en extensión. Mientras más términos se añaden al nombre (como un segundo nombre de pila o el segundo apellido), más probable es que se recupere la intensidad, esto es, la concentración del nombre en una sola persona, y que disminuya la extensión hasta desaparecer: ese nombre ya sólo está allí donde esa persona se encuentra o es mencionada. Los hipocorísticos son modificaciones internas del nombre que asimismo contribuyen a la recuperación de la intensidad y, con ella, de la identidad o relación uno-a-uno.
[3] Estamos aquí ante un ejemplo de tematización del nombre, como aquellos que se verán en el capítulo respectivo. El siguiente poema, “Monólogo”, incluye en la primera estrofa una nueva referencia al nombre: “Bajo las rotas columnas, / entre la nada y el sueño, / cruzan mis horas insomnes / las sílabas de tu nombre”. Octavio Paz, Obra poética (1935-1988), p. 21.
[4] Von Dieter Lamping, Der Name in der Erzählung zur Poetik des Persone Namens, p. 28. Puesto que Lamping cita casi exclusivamente ejemplos en alemán, no hace referencia al célebre pasaje de Alice’s Adventures in Wonderland, donde el Pato lleva al primer plano un deíctico (it) que acaba de mencionar el Ratón en su relato: “‘I thought you did,’ said the Mouse. –‘I proceed. Edwin and Morcar, the earls of Mercia and Northumbria, declared for him: and ever Stigand, the patriotic Archbishop of Canterbury, found it advisable’ / ‘Found what?’ said the Duck. / ‘Found it’ the Mouse replied rather crossly: ‘of course you know what “it” means.’ / ‘I know what “it” means well enough, when I find a thing,’ said the Duck: ‘it’s generally a frog or a worm. The question is, what did the Archbishop find?’”, Lewis Carroll, Alice’s…, p. 263; [“—Se me había figurado —dijo el Ratón—. Sigo adelante: “Edwin y Morcar, condes de Mercia y de North-humbría, se declararon en favor suyo. E inclusive Stigand, el patriota arzobispo de Canterbury, encontró eso muy razonable…” / —¿Encontró “qué”? —interrumpió el Pato. / —Encontró “eso” —replicó enojado el Ratón—. Por supuesto, debe usted saber lo que significa “eso”. / —Sé muy bien lo que significa “eso” cuando “yo” encuentro alguna cosa —dijo el Pato—; generalmente se trata de una rana o un gusano. Todo se reduce ahora a saber qué encontró el arzobispo”], Alicia en el país de las maravillas, pp. 25-26. 
[5] Algunos de estos ejemplos se retomarán en el capítulo “Onomástica atípica”, en este mismo volumen.
[6] En “A Perfect Day for Bananafish” se narra el suicidio de Seymour, acto que deja una marca en todos sus hermanos (Nine Stories, pp. 3-26). Esa marca buscará ser elucidada en Raise High the Roof Beam, Carpenters and Seymour. An introduction, 1991. En “A Perfect Day for Bananafish” se hace un juego de palabras con el nombre que contribuye a caracterizar a este personaje extraordinariamente lúcido y poco convencional: la niña que lo encuentra en la playa pocos minutos antes de que él se suicide, alude a él como “See more glass” (Nine Stories, p. 14). La traductora recurre a la nota a pie de página para aclarar el juego de palabras (Nueve cuentos, trad. de Elena Rius, p. 21). Ese juego de palabras permite a la niña sugerirle a su distraída madre que ha pasado largos minutos a solas con un hombre que pocos minutos más tarde usará una pistola de modo fatídico, si bien contra sí mismo; solo el nombre, con el tal vez involuntario juego de palabras, hace posible tal insinuación.
[7] En “De autos”, cuento que se construye a partir de la estructura de una serie de actas o autos ministeriales, Victoriano Salado Álvarez aprovecha los nombres tanto desde un punto de vista conjetural como, finalmente, desde una identificación, incluida la del joven asesinado (Narrativa breve, pp. 1-6).
[8] Miguel de Cervantes Saavedra, El Quijote, 1975, p. 309.
[9] “Der Begriff Identität ist dabei, ählich wie der des Individuums, bloss in einem technischen, gewissermassen äusserlichen Sinn zu verstehen, nicht als Weseneinheit (Persönlichkeitskern, Ich, Entelechie), sondern als Rekurrenz” (Lamping, op. cit., p. 24).
[10] Lamping, op. cit., p. 24.
[11] Speech Acts: An Essay in the Philosophy of Language, 1969, p. 172 [“la singularidad y la enorme conveniencia pragmática de los nombres propios de nuestro lenguaje reside precisamente en el hecho de que nos capacitan para referirnos públicamente a objetos sin forzarnos a plantear disputas y llegar a un acuerdo respecto a qué características descriptivas constituyen exactamente la identidad del objeto. Los nombres propios funcionan no como descripciones, sino como ganchos de los que se cuelgan las descripciones. Así pues, la laxitud de los criterios para los nombres propios es una condición necesaria para aislar la función referencial de la función descriptiva del lenguaje” (Actos de habla, p. 176)].  
[12] El capítulo 3 de este volumen, “Caracterización”, ahonda en este punto.
[13] El poder descriptivo del apodo se cumple en la última novela de Altamirano, El Zarco. Lo zarco incluye allí una descripción física evidente (el color de los ojos) y una alusión moral implícita (lo zarco como turbio).   
[14] Ibidem, p. 25.
[15] Ibidem, p. 26.    

"Caracterización", Ricardo Ancira

Caracterización
Ricardo Ancira

Según Dieter Lamping y como acaba de verse en el capítulo precedente, la sola mención del nombre le basta al lector para pensar en el personaje literario como si se tratara de una persona de la vida real. Asimismo, ya se mencionó que el nombre cumple tres grandes funciones: 1) identificadora, 2) representativa y 3) apelativa.[1] La caracterización es una de las posibilidades de la función representativa.
Ahora bien, todos “los nombres identifican y buscan crear un efecto de real, pero no todos los nombres caracterizan”.[2] Esta caracterización puede significar al personaje porque los nombres tienen o al menos evocan una significación determinada.
         Los semas o los fonemas del nombre o del apodo pueden tener una correspondencia con características generales o particulares del personaje. Eugène Nicole coincide con Dieter Lamping y ve en el acto de nominar un proceso de identificación que funda el relato y orienta la lectura en “la expectativa de un destino”.[3]
Por su parte, Yves Baudelle (1995) se pregunta si el contenido semántico de los nombres propios novelescos es resultado de una codificación previa o bien resultado de la propia escritura; asimismo, se cuestiona si los nombres reales son significativos o si esto sólo ocurre con los nombres de ficción. También desea desentrañar si todas las lecturas de un nombre ficticio son legítimas. Igualmente cavila sobre los tres momentos del “engrosamiento” progresivo del significado onomástico: 1) la concepción del nombre, 2) el tiempo de la escritura y 3) el tiempo de la lectura.

Semantización
1) La concepción del nombre propio responde a una intención de sentido: a) puede ser que ya esté semantizado de por sí (como Pedro Páramo o Eva Luna)  y entonces instaura una relación entre los significados ya existentes del nom-bre y los sentidos textuales del personaje conforme este último va actuando (Pedro Páramo se va mostrando como un hombre duro que desertifica todo a su paso; Eva Luna deviene una figura paradigmática de lo femenino), o bien b) con sus acciones el personaje genera un sentido y una semantización, sobre todo si produce un fuerte impacto en los lectores (don Quijote se ha semantizado a lo largo del texto y sobre todo a lo largo de la historia de su efecto y recepción, al grado de generar el adjetivo quijotismo).
         2) En la fase de la escritura creativa se van actualizando las capacidades expresivas de los nombres propios. La motivación onomástica del autor puede radicar y fundarse en las características más significativas del personaje. En efecto, no es lo mismo que un personaje de carácter pétreo que domina un territorio reseco se llame Maurilio Gutiérrez (primer nombre que Juan Rulfo encontró para su cacique y encomendero) a que se llame Pedro Páramo. Rulfo optó por cambiar el nombre propio del protagonista a fin de transformarlo en caracterizador. Antes era sólo característico: más o menos común o aceptable en el mundo fáctico de donde el autor implícito tomó elementos para su obra.
         3) El proceso de lectura, en el que ya no participa directamente el autor, salvo por las marcas y las pistas que ha dejado en el texto, puede dar paso a un enriquecimiento, como en el ejemplo que se acaba de mencionar, o bien a una pérdida de sentido: Maurilio Gutiérrez es característico de alguien nacido en el México rural de entonces; Pedro Páramo es más rico porque sigue teniendo estas características, pero además es caracterizador: es un nombre semantiza-do, pues los significados y los sustantivos comunes de piedra y de páramo son tan visibles que el lector los capta de inmediato y extrae las consecuencias que el autor quiere que extraiga.
Baudelle propone tres modelos hermenéuticos: a) la retórica pura, restrictiva, en la cual se privilegian los efectos de sentido deseados por el autor; b) el modelo libertario y dialógico de Julia Kristeva, que autoriza una “polisemia infinita del texto”, y c) una forma de regulación hermenéutica delimitada por el umbral de perceptibilidad y el umbral de la admisibilidad.[4]
         La identificación de un personaje se lleva a cabo mediante varias estrategias. Aquí interesan principalmente dos tipos de apelativos caracterizadores: la nominalización y el apodo, dos maneras de nombrar al sujeto.
En cuanto a estos últimos ha de citarse la distinción que el drae hace entre apodo (“sobrenombre que se suele dar a una persona, tomado de sus defectos corporales o de alguna otra circunstancia”), sobrenombre (“nombre calificativo con el que se distingue especialmente a una persona”, mote (“sobrenombre que se da a una persona por una cualidad o condición suya”), alias  (“conocido por otro nombre”), seudónimo (nombre utilizado por un autor o un artista en sus actividades, en vez del suyo propio”), epíteto (“adjetivo o participio cuyo fin principal no es determinar o especificar el nombre, sino caracterizarlo”) e hipocorístico (“nombre [...] que en forma diminutiva, abreviada o infantil, se usa como designación cariñosa, familiar o eufemística”).
         Existen tres grandes tipos de nombres caracterizadores:

a)      Por su significado léxico directo.
b)     Por sus sonidos.
c)      Por su contenido asociativo.

Nombres caracterizadores por su significado léxico directo
En lo relativo al significado léxico directo, tal vez el ejemplo más evidente lo constituyen los cuentos infantiles y los populares. En efecto, A. J. Greimas y antes de él Vladimir Propp y los formalistas rusos eligieron ese tipo de relatos como corpus para poner en práctica sus análisis estructurales, dadas las características de brevedad, simplicidad narrativa y modelos actanciales muy esquemáticos. Resulta lógico, en consecuencia, que los nombres propios y otros apelativos de los personajes de este tipo de relatos estén fuertemente semantizados. Algunos de ellos son de naturaleza metonímica: Cenicienta  (era obligada por su madrastra a vivir entre las cenizas del fogón y el polvo), Blancanieves (tenía el cutis blanco, característica que connotaba belleza), Caperucita Roja y Barbazul apuntan a su atuendo; Pinocho a su materia (madera: pino); La bella durmiente, a su situación; El sastrecillo valiente, a su ocupación y a un atributo; El soldadito de plomo, asimismo a su ocupación y también a su materia.


         Los tres cochinitos es el ejemplo típico de título descriptivo que focaliza al protagonista (en este caso, tres protagonistas) sin focalizar al antagonista. Los nombres descriptivos también caracterizan y lo hacen de la manera más llana, simple y directa. A diferencia de Capericuta roja, Los tres cochinitos es un título y nombre no metonímico: de manera muy resumida, describe míni-mamente a la(s) figura(s) íntegra(s).
El fenómeno de la caracterización también tiene lugar entre personajes literarios más complejos, como Candide, de Voltaire, adjetivo nominalizado que tanto en francés como en su traducción española caracterizan a un personaje cuya candidez lo lleva a sostener, contra viento y madera y a pesar de numerosas pruebas en contrario, que vive “en el mejor de los mundos posibles”. La candidez de Cándido es el eje alrededor del cual gira toda la célebre novela corta. Otro caso es el de Sancho Panza: un personaje llamado Sancho (“cerdo”) y apellidado Panza (estómago) estará siempre interesado en comer y beber y, más ampliamente, en los asuntos totalmente materiales, como el dinero, en contraste con el ascetismo y el amor cortés de su amo. Algo semejante ocurre con los personajes Dolores (la Dolorosa) y Víctor (el Vencedor) en Bleeding Heart, de la novelista estadounidense Marylin French, los cuales parecen estar predestinados por sus nombres de pila. En El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez usa sustantivos comunes como nombres propios: Tránsito, Prudencia; adjetivos, como la tía Escolástica, y topónimos (América). Aura, con su significado de “aliento, soplo”, caracteriza a un personaje de Carlos Fuentes etéreo, casi intangible.
         Otro ejemplo de caracterización es el personaje Eva Luna, en la novela homónima de Isabel Allende: para culturas de origen mediterráneo, Eva es un paradigma de mujer, mientras que Luna es un satélite relacionado asimismo con lo femenino. Por su parte, el personaje principal de La región más transparente, de Fuentes, lleva por nombre Ixca (tal vez del náhuatl ixka, cocer) y por apellido Cienfuegos, lo que parece connotar las características del fuego, del ardor, quizás tanto en la fusión, el acrisolamiento de dos culturas, como en la personalidad del personaje o como los posibles incendios psicológicos que provocan sus intervenciones en la vida de los demás. Existen dos hipótesis que intentan explicar el nombre del personaje principal de El rojo y el negro, de Stendhal: Julian Sorel. Una sostiene que se trata de un anagrama, de un guiño del autor a la sociedad de la época que conocía muy bien la historia de un asesino célebre que luego fue ejecutado, de nombre Louis Jenrel; la otra le atribuye características de delicadeza y feminidad, ya que sorella en italiano significa hermana, y es sabido que Stendhal era italianófilo. Los hermanos de Julian, por el contrario, eran unos machos poco delicados.
        
Nombres caracterizadores por sus sonidos
Un segundo tipo de nombre caracterizador tiene que ver ya no con palabras, sino con sonidos. Lamping lo ejemplifica con un personaje sensual, Claudia Chauchat, apellido que no significa nada escrito así pero que “suena igual a chaud chat (más o menos “gato caliente”, en francés). Podríamos también pensar en Tanilo (cercano fonéticamente a tánatos, que en griego significa muerte), el personaje moribundo, luego muerto y después en descomposición del relato “Talpa”, de Juan Rulfo. En estos casos la transparencia semántica se aminora mediante técnicas de encriptamiento o de enigma. Philippe Sollers halló que el personaje sadiano Noirceuil, encargado de conducirnos al corazón de la monstruosidad, debe su nombre a los sonidos noir y ceuil, es decir umbral (seuil) negro en francés. Los gigantes de François Rabelais tienen también nombres propios cuyos sonidos evocan sus hábitos de comer y beber en abundancia: el padre de Gargantúa (posible españolismo) se llama Grandgousier (literalmente Grangañote) y llama así a su hijo al escuchar las primeras palabras del recién nacido À boire! À boire! (que se pronuncia aproximadamente Abuag, abuag) y que imita el llanto de un lactante y a la vez significa ¡De beber! ¡De beber! La madre de Gargantúa se llama Gargamelle (en español podría traducirse como gaznate). Los nombres propios se vuelven aquí una encriptada descripción genética.     

   Otros ejemplos se encuentran en la novela L’arrache-cœur, de Boris Vian: el personaje principal es un psicoanalista insustancial y carente de voluntad llamado Jacquemort (Jacques est mort); las sirvientas se llaman Culbland (cul blanc) y Nëzrouge (nez rouge), que en español significan Culo Blanco y Nariz Roja. En la novela El dragón rojo, de Thomas Harris, el Dr. Lecter es un caníbal llamado Hannibal. Se ha dicho que Emma y Charles Bovary tienen nombres caracterizadores en este nivel de los sonidos: Emma (aima, es decir, en francés, “ella amó”) y el apellido Bovary (en el caso de ella; varie, es decir “ella varía”– como ocurre precisamente con su vida amorosa y con el arreglo de su casa y mobiliario); y en el caso del marido engañado: bovino, cornudo.
También existen los topónimos caracterizadores por el significado y por el sonido: en Comala resuena comal y en Macondo, hondo. Las hijas de Hermelindo (cuya galanura no se enfatiza en “Anacleto Morones”) son “güilotas”, palomas que viven en El Grullo (lugar donde habitan aves zancudas).

Nombres caracterizadores por su contenido asociativo
La literatura aprovecha las asociaciones más o menos automáticas provocadas por nombres propios con fuerte carga cultural. Esta carga proviene del hecho de que los nombres pertenecen originalmente a personajes que se han quedado en la memoria colectiva. Se trata de nombres prefigurados: provienen de la historia, la literatura, la mitología, y al usarse en textos posteriores (los hiper-textos, en la terminología de Gérard Genette) ya traen consigo una prefigura-ción, susceptible por cierto de ser respetada al máximo o modificada e incluso manipulada. Véase el Ulises, de James Joyce: la vasta novela ya desde el título prefigura o anticipa una fuerte relación intertextual con la Odisea de Homero.
El nombre de Romeo es un buen ejemplo de este contenido asociativo, ya que connota latinidad, sociedad mediterránea, pasional (en ello coincide con Otelo, el celoso), tan diferente a la británica, al menos en cuanto se refiere a los dos estereotipos culturales, el italiano (pasional) y el británico (flemático). Lo mismo ocurre con otros personajes como Mercutio y Benvolio, amigos del protagonista. Lamping sostiene que estos nombres expresivos requieren de una interpretación relacionada con el carácter –y el aspecto, se podría añadir– del personaje.[5]
Un caso de carácter asociativo combinado con aspectos fonético-fonológicos es un personaje de la novela Zazie en el metro, de Raymond Queneau: se llama Aroun Arachid, que se pronuncia casi igual que Haroun Al Rachide, personaje criminal de Las mil y una noches.
Ahora bien, paralelamente a la categoría de los nombres caracterizadores por su significado léxico directo o indirecto, por sus sonidos y por sus características asociativas, ha de establecerse una distinción entre los nombres descriptivos y los nombres simbólicos.

Nombres descriptivos y nombres simbólicos
En los nombres descriptivos existe una relación evidente con el físico o las costumbres del personaje. En El gallo de oro, de Juan Rulfo, la Caponera (literalmente: “la que castra”) es una cantante en los palenques, donde abundan los gallos capones, es decir castrados, y donde es asediada inútilmente por los hombres, a los que castra simbólicamente.
Otro caso es el de La Arremangada, chica de mucha actividad sexual en “Acuérdate”, del mismo Rulfo. Irónico es el nombre de Monsieur Lheureux (“el feliz”), el implacable abonero y agiotista que hunde económicamente a la protagonista, así como el boticario Monsieur Homais (aparente contracción de homeópata o apellido que suena a homard –bogavante–, crustáceo gordo, lento e inexpresivo como el personaje), en Madame Bovary. El nombre y el apellido de Lucas Lucatero (en “Anacleto Morones” de El Llano en llamas) duplican su característica de “estar lucas”, por partida doble, es decir totalmente loco.
En los nombres simbólicos, por otra parte, es preciso encontrar la relación entre el nombre y el personaje: La Berenjena, “que siempre se mete en líos y sale de ellos con un chamaco”, en “Acuérdate”, asimismo de El Llano en llamas.
En la novela de Rulfo hay dos nombres fuertemente semantizados: Pedro Páramo, como ya se vio, y el padre Rentería. En Los monederos falsos, de André Gide, un personaje anodino se apellida Profitendieu (“se aprovecha de Dios”) y el amante de Olivier (“olivo”) es el conde de Passavant (passe avant, “pasa adelante”).
Lamping advierte, no obstante, que hay que tener cuidado con la sobreinterpretación. Baudelle coincide con él al afirmar que no todas las intenciones del autor son legibles y que no toda interpretación onomástica es automáticamente legítima. Se han hecho dos críticas al concepto de nombres caracterizadores: no se aplican a individuos sino a tipos y, por otro lado, no son realistas. Existen, aun así, géneros como las fábulas y las pastorelas o la comedia del arte, para los cuales los nombres caracterizadores directos, como Cándido, resultan no sólo funcionales, sino inevitables.
Otro tipo de nombres caracterizadores son los nombres paradójicos. En Pedro Páramo, Fulgor Sedano contradice su nombre de pila, ya que es un personaje oscuro y, además, poco brillante; Juan y Dolores Preciado son ambos despreciados; Abundio Martínez vive en la escasez. En “Acuérdate” Urbano es poco urbano, en el sentido de civilizado, y golpea a Nachito “como perro del mal”. Feliciano Ruelas es un hombre infeliz (“La noche que lo dejaron solo”) y Dionisio Pinzón no es divino y pródigo y es más bien uno de los hombres más pobres de San Miguel del Milagro –pueblo por demás poco milagroso (El gallo de oro).
Los nombres de Aureliano Buendía (aureola + buen día) y de José Arcadio parecían depararles una vida plena y tranquila en Cien años de soledad, lo que no ocurrió.
Dulcinea únicamente connota dulzura para el Quijote; los demás personajes y el lector saben que se trata de una labriega ruda, sin mayor atractivo.
En Niebla, de Miguel de Unamuno, un personaje abúlico y desgarbado se llama Augusto Pérez; aquí el apellido pertenece a otro registro que el nombre de pila.
Un caso extremo es el de Tarzán, obra de Edgar Rice Burroughs, cuyo título da el nombre al protagonista y significa “piel blanca” en la lengua orang, supuestamente hablada por una especie desconocida de primates muy parecidos a los seres humanos y dotados del don del habla.
         El nombre antitético se diferencia del nombre paradójico en el hecho de que en el paradójico hay una contradicción entre el nombre y el personaje, mientras que en el antitético hay una ambivalencia ya desde el nombre mismo: Dolores (negativo) Preciado (positivo) en Pedro Páramo. En ese caso, Dolores Preciado es a la vez paradójico por el apellido (su esposo la desprecia) y antitético por la relación casi de oxímoron entre el nombre de pila y el apellido.
Los nombres caracterizadores pueden también formar constelaciones.[6] A veces, el narrador desliza uno o varios semas con el fin de construir una constelación de personajes, por ejemplo la isotopía equina: La Alazana, Grupa Bruta y La Potranca, en La casa que arde de noche, de Ricardo Garibay. Estas prostitutas tienen sus nombres en las puertas de sus cuartos. Los cuartos dan a un corredor que el narrador presenta como caballeriza. Ello explica los apodos. Además, la isotopía de lo equino posee una evidente carga sexual: las yeguas son montadas.
Por lo demás, el nombre literario se usa para describir estados psicológicos: el complejo de Edipo, el síndrome de Peter Pan (miedo a crecer, a madurar), el bovarismo (insatisfacción permanente) o el efecto de Alicia en el país de las maravillas (alteraciones de la vista y alucinaciones). Asimismo, los personajes literarios dan nombre o características a personas de carne y hueso: Lolita, Celestina, quijotesco, etcétera. En ambos casos, la psicología y el psicoanálisis surten de cargas semánticas y científicas o clínicas a los nombres: si un autor usa hoy “Lolita”, provocará una intertextualidad no sólo literaria, sino médica.
En resumen, los nombres caracterizadores se forman por medio de palabras, de sonidos (también de juegos entre ambos) o de referencias extratextuales, es decir históricas, o intertextuales hasta insinuar una suerte de palimpsesto, en el sentido de Gérard Genette. Este recurso de la onomástica literaria añade información de los personajes, tanto para describirlos como para predeterminar o no sus acciones y pensamientos dentro de la narración. Los autores no nombran a sus personajes de manera inocente; son conscientes de la importancia de la caracterización.




[1] Asimismo se advirtió la similitud con el triángulo de Karl Bühler para cualquier signo lingüístico: función expresiva, función representativa y función apelativa (Sprachtheorie 1934).
[2] Eugène Nicole, “Sémantique de l’onomastique fictionnelle: esquisse d’une topique”, Le Texte et le Nom, Actes du colloque de Montréal, pp. 25-40.
[3] Idem.
[4] El umbral de perceptibilidad consiste en la frontera entre aquello que un determinado lector puede o no captar de un texto; por ejemplo, no todos los lectores tienen los elementos para establecer la relación entre Etienne, personaje de Germinal de Emile Zola que muere tras el derrumbe de una mina, y Saint-Etienne, santo que murió lapidado. Se trata de un umbral dinámico, no fijo para siempre ni para todos los lectores, pues por ejemplo esta alusión puede ser clara para un conocedor de la vida del santo o para una época en que las vidas de los santos son más o menos conocidas. El umbral de admisibilidad consiste en la frontera entre aquello que un lector puede o no aceptar con respecto por ejemplo a la verosimilitud del nombre o del actuar de un personaje; en el caso del nombre, este umbral tiene que ver con el grado de transparencia semántica (que, por otro lado, raras veces es total): el que un personaje se llame, por ejemplo, padre Rentería (lo que insinúa que se renta, que se ofrece al mejor postor) se ubica del lado de lo admisible; si se hubiera apellido Vendido habría cruzado el umbral de lo admisible: no sería aceptado desde el punto de vista semántico ni de los usos pragmáticos de los nombres, por ejemplo en cuanto a se refiere a la posibilidad de que el lector acepte Vendido como un apellido característico de una región geográfica o del mundo narrado de la novela de Juan Rulfo. Un personaje que se apellidara Vendido podría funcionar en otro tipo de pacto genérico (o género), como la comedia del arte, la sátira, el epigrama o la farsa.  
[5] Lamping, op. cit., pp. 42-43.
[6] El concepto de constelación se explica en el capítulo 6 de este volumen.

"Principios pagmáticos", Susana Figueroa

"Principios pragmáticos", en Susana Figueroa Pragmática de la comunicación literaria, México, UNAM/IIFL, 2014, pp. 71-91



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